Visión desde un centro de educación especial
Cuidar y proteger son verbos esenciales en toda acción educativa. Representan la razón de ser de la escuela y de cualquier sistema educativo. Aunque podríamos añadir muchos otros verbos igualmente relevantes, en esta ocasión estos dos concentran nuestra reflexión.
¿Qué entendemos por cuidar y proteger? ¿Cómo interpretamos esta misión en un centro de educación especial?
Una escuela que cuida no es una escuela que sobreprotege. Es una escuela que accompaña al alumno y a su familia en un proceso lleno de emociones y desafíos. Todos los alumnos, sin excepción, se enfrentan a numerosos retos en su camino para lograr la máxima autonomía posible que les permitirá desenvolverse por sí mismos en el entorno que les rodea. En el caso de alumnos con discapacidad intelectual, ese camino puede seguir ritmos muy diversos y, en ocasiones, no alcanzar la meta inicialmente prevista.
En ese escenario es donde cobran sentido el cuidado y la protección: acompañar sin sustituir, establecer metas realistas y reconocer tanto sus capacidades como sus limitaciones. Hacer consciente al alumno de estos aspectos es también una forma profunda de cuidar y proteger.
Tratar al alumno de acuerdo con su edad cronológica contribuye a que se sienta más seguro, más cómodo y respetado. Evitar expresiones y actitudes que infantilicen es una práctica sencilla pero muy eficaz, que convierte a la escuela en un lugar amable y digno.
Facilitar experiencias de éxito potenciará su autoestima, muchas veces dañada, y favorecerá su inclusión social. Vivimos en un entorno lleno de recursos —transporte, deporte, ocio, comercio— que forman parte de la vida diaria. Hacer partícipes a los alumnos de estos recursos de manera natural y realista favorece su participación en la sociedad sin artificios ni forzamientos. Una escuela que cuida y protege juega un papel fundamental en este proceso.
En su proceso de aprendizaje y maduración, también es necesario que los alumnos aprendan a recibir un “no”. Todos tenemos derechos, deberes, obligaciones y responsabilidades, y enseñar a convivir con límites claros y razonados es una tarea compleja, pero esencial. Los límites explicados desde la certeza y el respeto se convierten en una herramienta de seguridad emocional y de crecimiento personal. Este aprendizaje contribuye de forma directa a que la escuela sea un espacio de cuidado y protección.
Finalmente, una escuela que cuida y protege es también aquella en la que los alumnos acuden felices cada día. Fomentar la alegría en las aulas es hoy un reto más importante que nunca. Una escuela alegre es una escuela segura, humana y profundamente productiva.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Escuelas seguras, en alianza con #Notecalles.org


