En los últimos años, la escuela ha dejado de ser únicamente un espacio de transmisión de conocimientos para convertirse, cada vez más, en un entorno clave de protección y desarrollo integral. En una sociedad atravesada por cambios vertiginosos, sobreexposición digital, incertidumbre económica y transformaciones familiares, resulta imprescindible garantizar escuelas seguras que cuiden activamente el bienestar de niños, niñas y adolescentes, así como de toda la comunidad educativa.
Hablar de seguridad ya no puede limitarse a la prevención de accidentes físicos. Hoy los principales riesgos incluyen el acoso escolar, el ciberacoso, la violencia entre iguales, la presión académica excesiva, la soledad no deseada y el impacto constante de las redes sociales en la autoestima y la identidad. Estos factores están directamente relacionados con el aumento de problemas de ansiedad, depresión y conductas autolesivas en edades cada vez más tempranas. Ignorar esta realidad sería una grave irresponsabilidad colectiva.
Las escuelas deben convertirse en espacios emocionalmente seguros. Esto implica contar con protocolos claros de prevención e intervención ante situaciones de violencia o acoso, pero también promover una cultura del cuidado, la escucha y el respeto. La educación emocional no puede ser un complemento opcional, sino un eje transversal del currículo. Enseñar a reconocer y gestionar las emociones, a pedir ayuda y a acompañar a otros es tan esencial como aprender matemáticas o lengua.
Además, proteger la salud mental del alumnado exige cuidar también a quienes los acompañan. Docentes sobrecargados, equipos directivos sometidos a presión constante y familias desorientadas difícilmente podrán sostener un entorno saludable. Es necesario invertir en recursos humanos, en formación específica en salud mental y en coordinación con profesionales externos cuando sea necesario.
Construir escuelas seguras no es una tarea exclusiva del sistema educativo, sino un compromiso social amplio. Supone entender que el bienestar emocional es un derecho y una condición básica para el aprendizaje. Una escuela que protege, escucha y cuida no solo previene riesgos: forma ciudadanos más resilientes, empáticos y capaces de afrontar los desafíos del presente y del futuro.
Este editorial forma parte del Dosier Corresponsables: Escuelas seguras, en alianza con #Notecalles.org


