Hablar de “escuelas seguras” hoy implica mirar más allá de las aulas. Implica comprender que los riesgos que enfrentan niños, niñas y adolescentes (en adelante NNA) ya no se limitan al espacio físico, sino que se extienden a los entornos digitales donde socializan, construyen identidad y buscan pertenencia. Entre esos riesgos, uno de los más invisibilizados —y a la vez más sofisticados— es la captación para la trata y la explotación sexual.
Las redes sociales, las plataformas de mensajería y determinados entornos digitales se han convertido en espacios donde operan estrategias de manipulación, seducción y engaño dirigidas a menores. La captación ya no responde únicamente a patrones clásicos vinculados a la vulnerabilidad económica; hoy se apoya en dinámicas emocionales, promesas de reconocimiento, vínculos afectivos simulados y modelos aspiracionales que normalizan la hipersexualización y la cosificación.
Este cambio de escenario ha transformado también nuestra percepción del riesgo. La captación y la explotación ya no pertenecen a una realidad lejana ni excepcional. No ocurren únicamente en contextos de extrema marginalidad ni en espacios ocultos de la dark web. Están sucediendo en las plataformas digitales más utilizadas y normalizadas, aquellas que forman parte del día a día de la infancia y la adolescencia. Redes como TikTok o Instagram, percibidas socialmente como entornos de entretenimiento inofensivo, se han convertido también en canales de acceso para dinámicas de manipulación. Y no hablamos de realidades distantes: hablamos de niños, niñas y adolescentes de nuestros propios barrios, aulas y comunidades.
En este contexto, la escuela ocupa un lugar estratégico como primer entorno protector fuera del ámbito familiar. No solo porque es un espacio de convivencia diaria, sino porque es un escenario privilegiado para la detección temprana de cambios en la conducta y el ánimo, situaciones de aislamiento, absentismo, fluctuaciones emocionales o exposición a dinámicas de riesgo. Sin embargo, para que la escuela pueda ejercer plenamente ese papel protector, necesita herramientas, formación y redes de apoyo especializadas.
APRAMP somos una entidad de referencia desde hace más de 30 años en la formación, sensibilización y atención a mujeres y niñas víctimas de trata y explotación sexual. Desde 2008 desarrollamos un programa específico para prevenir y crear estrategias que permitan detectar y acompañar a víctimas menores de edad. Así mismo, desde hace años trabajamos en la prevención proactiva incluyendo la captación digital, a través de intervenciones directas con NNA. No esperamos a que el riesgo se materialice: intervenimos antes. Desarrollamos talleres dinámicos y proactivos en centros educativos en los que abordamos, de manera adaptada a cada edad, cómo operan las estrategias de captación, qué señales de alerta pueden identificar y qué recursos tienen a su alcance para protegerse.
Nuestro trabajo parte de una premisa clara: la prevención no puede basarse únicamente en advertencias genéricas sobre “los peligros de internet”. Necesita proporcionar herramientas concretas. En nuestros talleres abordamos cuestiones como:
- Cómo reconocer dinámicas de manipulación emocional en redes.
- Qué hacer ante solicitudes de envío de imágenes íntimas.
- Cómo identificar falsas ofertas laborales o de oportunidades “fáciles”.
- Cómo actuar ante situaciones de chantaje o sextorsión.
- A quién acudir y cómo pedir ayuda sin miedo ni culpa.
La clave está en fortalecer, no en alarmar. En dar herramientas, no discursos. Cuando los y las adolescentes comprenden las estrategias que utilizan quienes buscan captarlos, dejan de percibirse como potenciales víctimas pasivas y comienzan a desarrollar pensamiento crítico. La información, cuando se transmite desde el respeto y la cercanía, se convierte en una herramienta de protección.
Pero la prevención no puede recaer exclusivamente en la infancia y la adolescencia. Es imprescindible fortalecer también a la comunidad educativa. En muchas ocasiones, docentes y equipos directivos identifican cambios en el comportamiento de un alumno o alumna, pero no cuentan con protocolos claros ni con formación específica para interpretar determinadas señales vinculadas a posibles situaciones de explotación o captación.
Por ello, junto al trabajo directo con menores, impulsamos espacios de formación dirigidos a profesorado y equipos educativos, donde abordamos indicadores de riesgo, canales de derivación y coordinación interinstitucional. La protección efectiva requiere una red: educación, servicios sociales, entidades especializadas y fuerzas de seguridad deben actuar de manera coordinada.
La reciente Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia (LOPIVI) refuerza la obligación de generar entornos seguros y protocolos claros en los centros educativos. Sin embargo, adolece de propuestas para la prevención y el abordaje de situaciones de riesgo tan complejas como la captación y la explotación sexual de NNA. Es necesario impulsar mecanismos y procedimientos específicos que cuenten con la concurrencia de las entidades expertas en la materia, la normativa por sí sola no transforma realidades si no va acompañada de recursos, formación y voluntad de colaboración. Las escuelas necesitan sentirse respaldadas y acompañadas en esta responsabilidad.
Asimismo, no podemos olvidar que los riesgos no afectan por igual a toda la infancia. Existen factores que incrementan la vulnerabilidad: situaciones de exclusión social, desestructuración familiar, antecedentes de violencia, migraciones forzadas, discriminación por género u orientación, entre otros. Las niñas y adolescentes, en particular, siguen estando expuestas a formas específicas de violencia digital vinculadas a la sexualización temprana y la presión estética.
Por ello, hablar de escuelas seguras implica también hablar de igualdad, de educación afectivo-sexual con enfoque de derechos y de construcción de relaciones basadas en el respeto. Implica generar espacios donde pedir ayuda no sea sinónimo de estigmatización.
Un entorno educativo verdaderamente seguro no es aquel donde “no ocurre nada”, sino aquel donde, cuando algo ocurre, se detecta, se aborda y se acompaña de manera adecuada. Es aquel donde la infancia sabe que será escuchada y creída. Es aquel donde la comunidad adulta asume su responsabilidad protectora sin delegarla únicamente en el autocuidado del menor.
La era digital nos plantea desafíos complejos, pero también oportunidades. La misma tecnología que puede utilizarse para captar y manipular puede convertirse en aliada si promovemos una alfabetización digital crítica y ética. No se trata de demonizar el uso de redes, sino de dotar a la infancia de herramientas para habitarlas con seguridad y autonomía.
Desde nuestra experiencia, la prevención funciona cuando es constante, cuando se integra en el proyecto educativo y cuando se construye en alianza. Cada taller, cada sesión formativa, cada espacio de diálogo es una inversión en protección futura.
Las escuelas son mucho más que espacios de aprendizaje académico: son escenarios de socialización, construcción de identidad y desarrollo emocional. Si queremos que sean verdaderamente seguras, debemos ampliar la mirada y reconocer que la protección hoy atraviesa tanto el aula como la pantalla.
Garantizar entornos educativos seguros frente a la explotación en la era digital no es una tarea aislada ni puntual. Es un compromiso colectivo y sostenido. Y es, sobre todo, una responsabilidad ética con la infancia y la adolescencia.
Porque proteger no es reaccionar cuando el daño ya está hecho. Proteger es anticiparse.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Escuelas seguras, en alianza con #Notecalles.org


