En el complejo y cambiante panorama social de este siglo XXI, la misión de las instituciones de enseñanza ha dejado de limitarse exclusivamente a la búsqueda de la excelencia académica o al cumplimiento de currículos oficiales. Hoy, educar implica un compromiso mucho más profundo, ético y vital: la protección integral de quienes habitan sus aulas. Para la Fundación Educativa Amor de Dios, este desafío no es una carga externa, sino el núcleo mismo de su razón de ser. Bajo el lema «Educar es nuestra forma de amar», nuestra institución ha consolidado una propuesta pedagógica y ética que sitúa el bienestar y la seguridad en el centro absoluto de su identidad institucional y espiritual.
No se trata simplemente de cumplir con una normativa legal vigente o de seguir modas pedagógicas pasajeras; es, en esencia, una respuesta coherente y actualizada al carisma de nuestro fundador, Jerónimo Usera. Él, con una visión adelantada a su tiempo, instaba a los educadores a acompañar al alumnado desde el cariño, la cercanía y el respeto absoluto, advirtiendo que nunca se debe perder de vista la integridad del niño. En el contexto actual, esa mirada se traduce en profesionalización y estructuras sólidas de cuidado.
Una Escuela Segura, desde la perspectiva de la Fundación, es mucho más que un edificio protegido por infraestructuras físicas o sistemas de vigilancia; es un ecosistema protector vivo. Este ecosistema es capaz de anticipar riesgos, acompañar las dificultades emocionales y promover relaciones sanas en todos los ámbitos del desarrollo infantil y adolescente. Lo que nosotros entendemos como «acompañar vidas» es un ejercicio de presencia consciente. Este concepto se materializa en la actualidad a través de un proyecto transformador: la formación integral de más de 1.000 docentes y 200 profesionales de administración y servicios (PAS) en lo que denominamos “Pedagogía del Bienestar y Escuela Segura”.
Esta formación no es un curso puntual, sino un cambio de paradigma que dota al personal de herramientas psicológicas, legales y sociales para detectar lo invisible. La seguridad integral requiere abordar de manera proactiva desafíos como la prevención del abuso sexual infantil, el acoso escolar en todas sus variantes y cualquier forma de violencia o exclusión hacia personas vulnerables. Para que un entorno sea realmente seguro, es imprescindible que cada alumno o alumna, sin excepción, tenga siempre a su alcance un adulto preparado para protegerlo, escucharle sin juicios y ayudarle ante cualquier momento de vulnerabilidad física o emocional.
En este sentido, los docentes actúan como verdaderos «termómetros» del bienestar del alumnado. Al pasar horas diarias en convivencia directa, son los primeros en identificar señales sutiles de riesgo: un cambio de humor, un retraimiento repentino o un descenso en el rendimiento académico pueden ser gritos silenciosos de auxilio. Educar desde el bienestar significa entender que el aprendizaje significativo y profundo solo es posible cuando el cerebro del estudiante se siente seguro, valorado y en calma. La Pedagogía del Bienestar permite construir aulas que funcionan como «refugios seguros» donde cada persona se siente vista, cuidada y respetada en su individualidad.
Nuestro compromiso se materializa en protocolos claros, ágiles y transparentes de actuación. No basta con tener buenas intenciones; se requieren rutas que indiquen a cada miembro de la comunidad cómo actuar ante una sospecha. Programas de sensibilización como el movimiento #NoTeCalles son fundamentales en esta estrategia, ya que empoderan tanto a los profesionales como a los propios estudiantes para romper la ley del silencio, denunciar injusticias y reaccionar con valentía ante indicios de maltrato o abuso. La meta final es construir una comunidad de cuidado donde la infancia sea el eje donde radican todas las decisiones institucionales.
Uno de los mayores retos actuales es sin duda, la seguridad digital. La tecnología, aunque es una herramienta poderosa para la personalización del aprendizaje, la creatividad y la inclusión, conlleva riesgos inherentes que no pueden ignorarse: el ciberacoso, el grooming, el phishing y el acceso prematuro a contenido inapropiado o violento. Una buena práctica esencial en nuestros centros es unir la tecnología segura con el acompañamiento emocional constante. La escuela segura no prohíbe por miedo, sino que fomenta la ciudadanía digital responsable.
Enseñamos a los estudiantes a proteger su privacidad, a respetar la de los demás como un valor sagrado y a desarrollar un pensamiento crítico frente a la desinformación y las noticias falsas. Esto implica establecer normas claras de uso de dispositivos y utilizar herramientas de monitoreo y control parental que actúen como una red de seguridad, permitiendo que la navegación sea un proceso de aprendizaje guiado y no una exposición al peligro descontrolado. El bienestar digital se convierte así en un equilibrio necesario entre el aprovechamiento de las oportunidades tecnológicas y la preservación de la salud mental. Así lo llevamos a cabo desde nuestro Proyecto de cuidado, bienestar y seguridad digital, integrado ya en nuestros 23 centros educativos.
En conclusión, la construcción de estos entornos protectores es un esfuerzo conjunto que trasciende los muros físicos del aula. La colaboración estrecha con las familias es vital; los padres y tutores deben ser aliados estratégicos que compartan este lenguaje de cuidado en el hogar. El horizonte de una «Escuela Segura» es un viaje formativo inspirado en la ética del cuidado del otro. Al consolidar centros donde se aplican protocolos rigurosos, donde la tecnología se usa con responsabilidad y donde impera una cultura del buen trato, no sólo estamos protegiendo a la infancia hoy; estamos transformando el tejido social del mañana. Cuando una institución decide proteger de manera profesional, unida y decidida, está reafirmando que su labor educativa es, ante todo, un compromiso ineludible con la vida y el desarrollo pleno de cada ser humano. Desde la Fundación estamos convencidos de que educar, en su esencia más pura, es el mejor regalo y el compromiso más firme que una sociedad puede ofrecer a sus generaciones futuras. El proyecto de “Escuela Segura” de la Fundación Educativa Amor de Dios culminará a finales de 2026 con la obtención de un sello que certifique la implantación de estos sistemas en toda su red de colegios a nivel nacional.
No obstante, somos conscientes de que la certificación es solo el hito visible de una transformación interna mucho más profunda y permanente. El verdadero éxito de este esfuerzo colectivo no reside en el documento o la placa en la puerta del colegio, sino en la convicción diaria de que una comunidad formada, alerta y empática es una comunidad mucho más humana y, por definición, infinitamente más segura para todos. Nuestra misión continúa cada día, en cada gesto de escucha y en cada espacio de protección que logramos asegurar para nuestros alumnos.
Finalmente, este compromiso trasciende lo institucional para convertirse en una promesa personal de cada educador. Entendemos que la verdadera excelencia no es solo académica, sino fundamentalmente humana, y que el legado más valioso que podemos dejar es un entorno donde cada niño crezca con la certeza de ser amado y protegido. Juntos, familias y escuela, seguiremos caminando hacia ese ideal de justicia, paz y seguridad plena para el futuro.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Escuelas seguras, en alianza con #Notecalles.org


