El lugar donde un niño o una niña pasa cinco o seis horas al día importa. Importa cómo se le habla, cómo se resuelven los conflictos, si alguien se da cuenta cuando deja de participar o cuando cambia su forma de estar en clase. El entorno escolar influye de manera directa en el bienestar emocional, en el rendimiento académico y en la manera en que los estudiantes aprenden a relacionarse con los demás.
Por eso la salud mental no puede tratarse como un asunto secundario dentro de los centros educativos. No es algo que “acompaña” al aprendizaje: forma parte de él. Un entorno que cuida la dimensión emocional no solo mejora los resultados académicos; también actúa como un factor de protección frente a riesgos que hoy en día son bien conocidos.
En cifras
Los datos actuales son claros. A nivel internacional, se estima que uno de cada siete adolescentes entre 10 y 19 años vive con un trastorno mental. Más allá de los diagnósticos, hay muchos otros jóvenes que experimentan malestar persistente sin llegar a cumplir criterios clínicos, pero con un impacto evidente en su vida cotidiana y en su trayectoria escolar.
En encuestas recientes, alrededor del 40% de estudiantes declara haber sentido tristeza o desesperanza de forma continuada, y cerca del 20% reconoce haber pensado seriamente en el suicidio en algún momento. No se trata de cifras abstractas: detrás hay aulas concretas, grupos reales y adolescentes que conviven cada día con ese malestar.
Si el centro educativo es uno de los principales espacios de socialización, también debe ser uno de los principales espacios de cuidado.
El acoso escolar
La violencia entre iguales continúa siendo un desafío persistente. Diversos informes sitúan en torno a uno de cada tres estudiantes el porcentaje de quienes han sufrido acoso en algún momento. En España, los datos de PISA señalan que aproximadamente un 15,8% de los adolescentes de 15 años ha experimentado acoso repetido.
El impacto psicológico está ampliamente documentado: mayores tasas de ansiedad, síntomas depresivos, estrés mantenido e incluso conductas autolesivas. Y no siempre desaparece cuando termina la etapa escolar. En muchos casos deja huellas que condicionan la autoestima, la confianza en los demás y la forma de vincularse en la vida adulta.
Hablar de “escuelas seguras” implica asumir esta realidad y actuar en consecuencia.
Más allá de la intervención puntual
El bienestar emocional no se construye únicamente reaccionando ante crisis. Requiere una mirada estructural y sostenida en el tiempo.
Eso implica, por ejemplo:
- Detectar de forma temprana situaciones de acoso, violencia o exclusión.
- Generar climas en las aulas donde se pueda hablar sin miedo y donde el error no se castigue socialmente.
- Formar al profesorado en competencias socioemocionales que les permitan identificar señales de alerta y acompañar adecuadamente a sus alumnos.
- Incorporar programas de educación emocional que desarrollen habilidades como la empatía, la autorregulación y la resolución constructiva de conflictos.
- Facilitar el acceso a apoyo psicológico dentro del propio centro o mediante redes comunitarias coordinadas.
Nada de esto funciona si se hace de manera aislada. La colaboración con las familias es clave, igual que la coordinación con servicios sociales y sanitarios cuando la situación lo requiere.
Una responsabilidad compartida
Cuidar la salud mental en el ámbito educativo no es un añadido opcional ni una moda pasajera. Es una condición para que el derecho a la educación se ejerza en plenitud. Un estudiante que se siente seguro, escuchado y tenido en cuenta aprende mejor. También convive mejor con sus compañeros y con otras personas.
Las escuelas seguras no son aquellas en las que no existen conflictos, sino aquellas que saben gestionarlos, prevenir la violencia y sostener a quienes atraviesan momentos de vulnerabilidad. Son centros que entienden la diversidad (incluida la neurodivergencia o la situación de exclusión social) como parte de la realidad cotidiana y no como una excepción.
Cuando el cuidado se convierte en cultura institucional, el impacto va más allá del aula. Se fortalece la comunidad educativa en su conjunto y se construyen entornos más saludables en todos los aspectos en los que crecer y aprender.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Escuelas seguras, en alianza con #Notecalles.org


