La defensa de la infancia no comienza cuando aparece el daño, sino mucho antes, en los espacios cotidianos donde niños y niñas crecen, aprenden y se relacionan. Entre todos ellos, la escuela ocupa un lugar privilegiado. No solo porque es un entorno de aprendizaje, sino porque, para muchos menores, se convierte en el primer espacio estable de protección, cuidado y acompañamiento fuera del ámbito familiar.
Pero para que exista una verdadera protección, no nos podemos olvidar ni mucho menos de la Prevención, ya que van unidas de la mano.
Desde la experiencia diaria en centros educativos comprometidos con una educación integral, como el CDP La Purísima de Málaga, perteneciente a la Fundación Educativa Franciscanas de la Inmaculada (Fundación EFI), se constata que la prevención real no se construye con acciones aisladas, sino desde una cultura educativa del cuidado, la cercanía y la atención personalizada al alumnado. Una cultura que bebe del carisma franciscano, entendido como una forma de educar desde la sencillez, la fraternidad, el respeto profundo a cada persona y la defensa de los más vulnerables.
Y hablar de prevención en educación es hablar de bienestar, de vínculos y de miradas atentas. La prevención no puede limitarse a protocolos de actuación ni a intervenciones puntuales. Requiere una manera de entender la educación que sitúe a la infancia en el centro, reconociendo sus necesidades emocionales, sociales y relacionales. Cuando un centro educativo se concibe como un hogar seguro, el alumnado no solo aprende contenidos, sino que aprende a confiar, a expresarse y a sentirse parte de una comunidad.
La educación preventiva comienza desde las primeras etapas. En Educación Infantil se construyen las bases de la autoestima, la gestión emocional y la convivencia. Es en esos primeros años cuando el niño aprende a identificar lo que siente, a poner límites y a respetar al otro. La experiencia en centros que apuestan por una atención temprana y personalizada, demuestra que intervenir desde el inicio fortalece los factores de protección y reduce significativamente la aparición de conflictos y situaciones de riesgo en etapas posteriores.
Convertir la escuela en un espacio de protección implica que cada niño y cada niña, sepan que hay un adulto de referencia que lo conoce, lo escucha y lo acompaña. Implica generar entornos seguros, físicos y emocionales, donde el conflicto se gestione desde el diálogo y no desde el castigo, y donde la diversidad sea entendida como una riqueza y no como un problema. Desde una mirada franciscana, esta forma de educar supone acoger a cada alumno tal y como es, reconociendo su dignidad y potenciando sus capacidades.
La erradicación de cualquier forma de violencia, incluida la violencia machista, exige una educación basada en el respeto, la igualdad y la coeducación desde edades tempranas. No basta con informar. Es necesario educar en valores, ofrecer modelos positivos y promover la participación activa del alumnado en la construcción de relaciones sanas. Cuando los niños y niñas aprenden a relacionarse desde el cuidado del otro y la responsabilidad compartida, la prevención deja de ser un discurso para convertirse en una práctica cotidiana.
La experiencia de redes educativas como la Fundación EFI, con una larga trayectoria en educación humanizadora e inclusiva inspirada en el carisma franciscano, pone de manifiesto que la prevención es más eficaz cuando se sustenta en proyectos educativos coherentes, estables y compartidos, donde escuela y familia caminan juntas y el alumnado es acompañado de forma integral.
Sin embargo, la escuela no puede ni debe asumir sola esta tarea. La protección de la infancia requiere un enfoque comunitario, en el que familias, servicios sociales, administraciones públicas y entidades sociales trabajen de forma coordinada. La escuela es un nodo fundamental de esta red de cuidado, pero necesita del apoyo y la coherencia del entorno para garantizar una protección real y sostenida.
En un contexto marcado por nuevos riesgos, como la sobreexposición digital, el uso precoz e inadecuado de la tecnología, el aumento del malestar emocional o la fragilidad de los vínculos sociales, la escuela se reafirma como un espacio clave de protección y acompañamiento. Afrontar estos desafíos exige una mirada preventiva, sensible y compartida, que sitúe el bienestar de la infancia y la adolescencia por encima de cualquier otro interés.
Apostar por una educación preventiva es apostar por una educación más humana. Una educación que no se limita a transmitir conocimientos, sino que cuida, acompaña y protege. Una educación que, desde valores como la fraternidad, la sencillez y el respeto, sitúa a la infancia en el centro.
Defender la infancia, en definitiva, es construir escuelas que cuidan, porque solo desde el cuidado, es posible educar para un futuro más justo y seguro.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Escuelas seguras, en alianza con #Notecalles.org


