La educación española se enfrenta a un reto que trasciende las aulas y se extiende a un terreno que avanza a gran velocidad: el entorno digital en el que crecen y se forman nuestros jóvenes. La tecnología ha irrumpido con fuerza en la vida cotidiana de los estudiantes, y, con ella, han llegado oportunidades, pero también riesgos que no siempre sabemos gestionar. En este contexto, hablar de educación hoy implica necesariamente hablar de cómo preparamos a las nuevas generaciones para desenvolverse en un mundo hiperconectado.
La incorporación de dispositivos digitales en la vida académica ha sido, en muchos casos, rápida y poco reflexiva. En apenas una década, el uso de pantallas ha pasado de ser un complemento a convertirse en el eje central del ocio, la comunicación y, en parte, del aprendizaje de los estudiantes. Sin embargo, mientras la tecnología ha evolucionado de forma exponencial, la formación de los alumnos y los docentes en su uso responsable no lo ha hecho al mismo ritmo. Este desajuste está generando una brecha preocupante: jóvenes con acceso ilimitado a información, pero con herramientas limitadas para gestionarla de forma segura, crítica y responsable.
La alfabetización digital no puede reducirse al dominio de herramientas tecnológicas. No se trata solo de saber utilizar una aplicación o navegar por internet, sino de comprender el impacto que tiene el uso de la tecnología en la concentración, el rendimiento académico, las relaciones personales y el bienestar emocional. Hoy más que nunca, es imprescindible que la educación incluya una formación sólida en hábitos digitales saludables: aprender a desconectar, a filtrar la información, a cuestionar lo que se consume y a entender las consecuencias de la exposición constante a las pantallas.
Uno de los efectos colaterales de esta falta de preparación es la dificultad para detectar y prevenir conflictos que se trasladan del mundo físico al digital. La convivencia escolar ya no se limita al aula o al patio; continúa en redes sociales, plataformas como WhatsApp y entornos virtuales donde la supervisión es menor o inexistente, y, la inmediatez de las interacciones multiplica los riesgos. Cuando no existen criterios claros ni educación emocional suficiente, el entorno digital puede convertirse en un espacio propicio para conductas dañinas que pasan desapercibidas durante demasiado tiempo. En este escenario, las organizaciones educativas y las empresas del sector tienen también la responsabilidad de impulsar entornos digitales más seguros y promover una cultura preventiva que vaya más allá del aula.
Por ello, la prevención debe comenzar mucho antes de que aparezcan los problemas. No basta con reaccionar ante situaciones de acoso o conflicto; es necesario construir, desde edades tempranas, una cultura de respeto, responsabilidad y empatía también en el ámbito digital. Esto implica dotar a los estudiantes de herramientas para identificar comportamientos inapropiados, gestionar conflictos de forma constructiva y pedir ayuda cuando sea necesario. Pero también exige formar a los docentes y a las familias, quienes a menudo se encuentran desbordados por una realidad tecnológica que evoluciona más rápido que los sistemas educativos.
La figura del profesor vuelve a situarse en el centro de este desafío. Los docentes no solo transmiten contenidos académicos; también deben ser los referentes en el uso de la tecnología y en la gestión de las relaciones dentro y fuera del aula. Sin embargo, difícilmente podrán ejercer este papel si no cuentan con formación específica y recursos adecuados. Es imprescindible invertir en programas que les permitan integrar la educación digital en su práctica diaria, no como un añadido, sino como un eje transversal que atraviese todas las materias.
Asimismo, la colaboración entre centros educativos, familias e instituciones debe reforzarse. La educación en el uso de la tecnología no puede recaer exclusivamente en la escuela ni en el hogar; requiere una estrategia coordinada que establezca criterios claros y coherentes. Solo así se podrá garantizar que los estudiantes desarrollen las competencias necesarias para moverse en entornos digitales de forma segura y responsable.
Nos encontramos en un momento decisivo. La tecnología seguirá formando parte de la vida de los jóvenes, y su presencia será cada vez mayor. La cuestión no es si debemos integrarla en la educación, sino cómo hacerlo de manera que contribuya al desarrollo integral de los estudiantes y no a su vulnerabilidad. Preparar a las nuevas generaciones para el mundo digital es, en definitiva, una cuestión de responsabilidad colectiva. De ello depende no solo su rendimiento académico, sino también su bienestar y la calidad de la convivencia en la sociedad del futuro. Asumirla desde la corresponsabilidad entre instituciones, centros educativos y empresas comprometidas, es clave para construir una sociedad más preparada, consciente y resiliente.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Escuelas seguras, en alianza con #Notecalles.org


