La economía circular ha dejado de ser una aspiración para convertirse en un vector estratégico para las empresas. En un contexto marcado por la presión regulatoria, la escasez de recursos y la necesidad de mejorar la eficiencia operativa, transformar los modelos de producción y consumo ya no es opcional, sino una condición para la competitividad.
Pero esta transformación no solo afecta a los procesos productivos. También obliga a repensar cómo se diseña el trabajo.
En el sector de la distribución agroalimentaria, este cambio ya es tangible. La reducción del desperdicio alimentario, la implantación de envases reutilizables, la optimización energética o la logística sostenible están rediseñando procesos clave de la cadena de valor. Y, con ello, también están redefiniendo las necesidades de talento.
En paralelo, las empresas se enfrentan a un reto creciente de escasez de mano de obra en determinados perfiles operativos y técnicos. Esta tensión en el mercado laboral coincide, de forma significativa, con la emergencia de nuevos puestos vinculados a la economía circular: funciones de trazabilidad, gestión de residuos, logística inversa o control de procesos sostenibles, entre otras.
Este cruce de dinámicas —transformación productiva y necesidad de talento— abre una oportunidad relevante: repensar cómo se diseñan los puestos de trabajo desde el origen.
Porque la cuestión no es únicamente cuántos empleos se van a generar, sino bajo qué condiciones se diseñan. Si estos nuevos roles replican esquemas tradicionales, es probable que mantengan las mismas barreras de acceso. Pero si se estructuran incorporando criterios de accesibilidad, simplificación de tareas y apoyo tecnológico, pueden ampliar significativamente la base de talento disponible.
La economía circular, por sí sola, no garantiza una mayor inclusión laboral. Pero sí crea el contexto adecuado para abordarla de forma estratégica, alineando necesidades empresariales con la incorporación de colectivos que tradicionalmente han quedado fuera del mercado de trabajo.
En este sentido, el empleo no es una consecuencia inevitable de la transformación productiva, sino una variable de diseño organizativo.
Nuevos procesos, nuevos puestos
La transformación hacia modelos circulares está generando cambios concretos en la operativa de las empresas. Procesos que antes no existían o tenían un peso marginal —como la gestión de excedentes, la clasificación de residuos, la trazabilidad de productos o la logística inversa— están adquiriendo un papel central.
Estos procesos requieren tareas más estructuradas, secuenciales y apoyadas en sistemas de control. En muchos casos, se trata de funciones que pueden desagregarse, estandarizarse y apoyarse en herramientas digitales, lo que abre la puerta a nuevos enfoques en el diseño del trabajo.
Por ejemplo, la gestión de productos próximos a caducar, la preparación de donaciones o el control de materiales reutilizables combinan operativa logística con criterios de sostenibilidad. Su correcta ejecución exige orden, seguimiento de protocolos y coordinación, pero no necesariamente altos niveles de especialización técnica si el puesto está bien definido.
Este tipo de roles, cada vez más presentes en el sector, permite avanzar hacia modelos de empleo más diversos si se diseñan con ese objetivo desde el inicio.
El papel de la tecnología en el rediseño del trabajo
Uno de los factores que facilita este cambio es la evolución de las tecnologías aplicadas a la operación. La digitalización de procesos, los sistemas de trazabilidad o las herramientas de apoyo a la tarea permiten estructurar mejor el trabajo y reducir la dependencia de habilidades complejas no esenciales.
Soluciones como checklists digitales, interfaces visuales, sistemas de registro automatizado o aplicaciones guiadas no solo mejoran la eficiencia y el control, sino que también hacen los puestos más comprensibles y accesibles.
En este contexto, la tecnología deja de ser únicamente una herramienta de productividad para convertirse también en un elemento de diseño organizativo. Permite dividir tareas, reducir la carga cognitiva, facilitar la toma de decisiones y aumentar la autonomía operativa.
De la oportunidad al diseño: una propuesta aplicada
Para que esta oportunidad se materialice, es necesario pasar del análisis a la aplicación práctica. Con este objetivo, desde el Centro de Innovación en Economía Circular (CIEC) del Ayuntamiento de Madrid, en colaboración con empresas, administraciones y entidades sociales —entre ellas Fundación Juan XXIII— se ha desarrollado un proceso de trabajo basado en Comunidades de Aprendizaje Participativa (CAP).
A lo largo de este proceso se analizaron los principales procesos de la economía circular en el sector agroalimentario —desde la logística inversa hasta la gestión de residuos o la trazabilidad— con un doble objetivo: identificar nuevos puestos y evaluar su potencial de inclusión.
El resultado es la Guía de Empleo Inclusivo en la Distribución Agroalimentaria, una herramienta práctica que recoge 22 perfiles profesionales priorizados y los analiza desde una doble perspectiva: operativa e inclusiva. Para cada puesto, la guía detalla su misión, funciones y competencias, pero también evalúa sus condiciones de accesibilidad a partir de cuatro dimensiones clave: autonomía funcional, demandas cognitivas y sensoriales, requisitos técnico-formativos y entorno organizativo.
Este enfoque permite identificar no solo qué exige cada puesto, sino también qué barreras pueden limitar su acceso y, sobre todo, qué tipo de ajustes —organizativos, tecnológicos o formativos— pueden facilitar su desempeño. En este sentido, la guía no se limita a clasificar perfiles, sino que aporta criterios concretos para su rediseño.
Uno de los principales aprendizajes de este trabajo es que el nivel de inclusión de un puesto no es una característica fija, sino una variable de diseño. En muchos casos, pequeñas modificaciones en la organización de tareas o la incorporación de apoyos tecnológicos permiten transformar un puesto inicialmente limitado en un puesto viable para una mayor diversidad de personas.
Además, la guía identifica soluciones concretas y aplicables —muchas de ellas de bajo coste— que facilitan este rediseño: herramientas digitales accesibles, sistemas de trabajo más estructurados o apoyos visuales que mejoran la autonomía.
Cada ocupación se vincula, además, a posibles itinerarios de Formación Profesional y microcredenciales, reforzando la conexión entre cualificación y empleo en un contexto de transformación sectorial. Esto permite orientar tanto a empresas como a entidades formativas en la adaptación de contenidos y metodologías a las nuevas necesidades del mercado laboral.
Conclusión
La economía circular está transformando el sector agroalimentario desde una perspectiva operativa, tecnológica y regulatoria. Pero también abre una vía para revisar cómo se diseñan los puestos de trabajo en un momento en el que las empresas necesitan ampliar su base de talento.
Aprovechar esta oportunidad requiere intención y metodología. Iniciativas como la Guía de Empleo Inclusivo muestran que es posible alinear la transformación de los procesos con una estrategia de talento más amplia, incorporando criterios de accesibilidad desde el diseño.
Si la economía circular busca reducir el desperdicio de recursos, el siguiente paso lógico es evitar también el desperdicio de talento.
Diseñar sistemas productivos más eficientes pasa, necesariamente, por diseñar sistemas de trabajo más accesibles.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – Economía Circular: un camino hacia el futuro con menos desperdicio y más valor


