Durante años, la economía circular se ha instalado en el discurso empresarial casi como un consenso incuestionable. Sin embargo, cuando se aterriza en sectores como la construcción, la conversación cambia: ya no se trata solo de intención, sino de decisiones concretas que no siempre son fáciles de asumir.
El contexto es conocido. Escasez de recursos, presión normativa creciente y una exigencia social cada vez más clara en torno al impacto ambiental. Pero lo interesante no es tanto el diagnóstico —que compartimos todos— como la distancia que todavía existe entre lo que sabemos que deberíamos hacer y lo que realmente estamos haciendo.
En este punto, la economía circular deja de ser un concepto aspiracional para convertirse en un marco que obliga a replantear cómo concebimos los activos inmobiliarios. No basta con construir mejor; hay que construir de otra manera.
Diseñar pensando en lo que vendrá después
Uno de los cambios más profundos —y a menudo menos visibles— ocurre en la fase de diseño. Es ahí donde se condiciona gran parte del impacto futuro de un edificio, aunque muchas decisiones sigan tomándose con una lógica de corto plazo.
Pensar en circularidad implica anticipar usos futuros, facilitar la adaptación del activo y reducir su obsolescencia. No es solo una cuestión de materiales o eficiencia energética, sino de entender el edificio como algo vivo, capaz de evolucionar con el tiempo.
En nuestra experiencia en GSE Iberia, esto se traduce en decisiones muy concretas desde el inicio del proyecto. Un ejemplo es el desarrollo de soluciones como The Blue Suite, que permite estructurar los proyectos en distintos niveles de sostenibilidad, integrando materiales de baja huella de carbono, criterios de biodiversidad y eficiencia energética desde la fase de diseño. Más que una etiqueta, es una forma de introducir la circularidad como variable real en la toma de decisiones.
Reutilizar antes que ocupar
Otro de los puntos donde la economía circular plantea preguntas incómodas es el uso del suelo. Durante décadas, el crecimiento ha estado vinculado a la expansión. Hoy, especialmente en entornos como Barcelona o Lisboa, esa lógica empieza a mostrar sus límites.
La regeneración de espacios existentes y la reconversión de activos industriales ya no son solo una alternativa, sino en muchos casos la opción más coherente. No únicamente por una cuestión ambiental, sino también por eficiencia y por integración en el entorno.
En esta línea, en GSE Iberia trabajamos en proyectos donde la rehabilitación y la reutilización de suelos ya transformados forman parte del planteamiento inicial, reduciendo la presión sobre nuevos desarrollos y optimizando infraestructuras existentes.
A ello se suman soluciones como las plataformas logísticas multipiso, que permiten concentrar actividad en menor superficie. Este tipo de enfoque no solo reduce la artificialización del suelo, sino que también mejora la eficiencia energética del conjunto del activo.
Tecnología al servicio de la vida útil
Si hay un elemento que está acelerando este cambio es la digitalización. Herramientas como el BIM o los gemelos digitales están permitiendo algo que hasta hace poco era difícil de gestionar: entender el edificio a lo largo de todo su ciclo de vida.
En la práctica, esto se traduce en una gestión más precisa del activo: anticipación del mantenimiento, optimización del consumo energético y mejora continua del rendimiento. En algunos proyectos, esto va acompañado de sistemas de autoconsumo energético o soluciones de monitorización que permiten reducir tanto el impacto ambiental como los costes operativos.
Y aquí aparece otro matiz relevante: la eficiencia ya no se mide únicamente en términos energéticos, sino también en capacidad de adaptación.
Una responsabilidad compartida (de verdad)
Quizá uno de los mayores retos —y a la vez uno de los menos abordados— es que la economía circular no depende de un único actor. Requiere una coordinación real entre promotores, constructores, proveedores, administraciones y usuarios finales.
En nuestro caso, esto implica integrar criterios ESG en la relación con clientes y partners, fomentar prácticas de compra responsables y trabajar con ecosistemas locales que permitan reducir impactos y generar valor más allá del propio edificio.
No siempre es un proceso sencillo. Supone cuestionar inercias y cambiar dinámicas que llevan años funcionando de la misma manera. Pero es difícil avanzar hacia modelos realmente circulares sin este enfoque compartido.
Más allá del cumplimiento
A menudo, la adopción de modelos circulares se impulsa por la regulación. Y es lógico. Pero limitarse al cumplimiento normativo es quedarse corto.
La economía circular, bien entendida, introduce una lógica distinta: reduce riesgos, optimiza recursos y, en última instancia, contribuye a preservar el valor de los activos en un entorno cada vez más exigente.
La cuestión, por tanto, no es si este cambio va a producirse, sino a qué ritmo cada organización está dispuesta a asumirlo.
La transición ya está en marcha, aunque no siempre de forma homogénea. Y quizá ahí reside el verdadero reto: pasar de un consenso teórico a una transformación real, donde cada decisión —desde el diseño hasta la operación— refleje esa voluntad de construir no solo mejor, sino con más sentido.
Porque, en el fondo, la economía circular no trata únicamente de reducir impacto. Trata de repensar el valor. Y eso, en un sector como el nuestro, lo cambia todo.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – Economía Circular: un camino hacia el futuro con menos desperdicio y más valor


