Cada 27 de febrero, el Día Mundial de las ONG pone en valor el trabajo de quienes convertemos los desafíos sociales en respuestas concretas. Las entidades sin ánimo de lucro tienen un ADN propio. En lugar de señalar, acompañan; en lugar de etiquetar, abren caminos; en lugar de rendirse, sostienen la posibilidad de cambio. Por eso hoy escribo con una emoción especial: en GINSO cumplimos 25 años trabajando con y para personas. Creando oportunidades y construyendo soluciones para que miles de jóvenes y familias puedan recuperar algo decisivo: la capacidad de imaginar y trabajar en un futuro distinto. De ofrecer confianza cuando parecía que ya no quedaba.
GINSO nació en 2001 como entidad española sin ánimo de lucro, impulsada por el conocimiento técnico de sus fundadores y por una convicción: generar impacto social real, especialmente allí donde la vida se complica demasiado pronto. Fuimos pioneros en el desarrollo de infraestructuras y programas de justicia juvenil, pero, sobre todo, hemos intentado ser pioneros en algo menos visible y más importante: sostener la esperanza con profesionalidad, método y humanidad.
En estos 25 años hemos crecido sin perder el norte: construir una sociedad futura más justa y sana. Para ello, trabajamos con programas integrales y recursos vinculados a la salud mental, la educación, las medidas judiciales y la protección. Y lo hacemos en colaboración con administraciones públicas, entidades del tercer sector y empresas privadas, porque nadie, NADIE, puede afrontar solo los desafíos que atraviesan a nuestra infancia y juventud.
A menudo se habla de «menores» y «jóvenes» como categorías. Pero nosotros no trabajamos con categorías: trabajamos con historias. Con biografías en construcción. Con chicos y chicas que, en muchos casos, no han tenido las mismas oportunidades para aprender a regular la rabia, confiar en un adulto, sostener un proyecto de vida o sentirse valiosos. Y aquí quiero detenerme en una idea incómoda: como sociedad, a veces confundimos el síntoma con la persona. Llamamos «problema» a quien, en realidad, está pidiendo ayuda con el único lenguaje que conoce.
En GINSO gestionamos centros de internamiento y centros de medio abierto para menores infractores, y ya son más de 11.000 jóvenes con los que nos hemos comprometido, trabajando por su (re)inserción. También gestionamos centros residenciales para menores en situación de desamparo, acogidos o tutelados, donde atendemos sus necesidades básicas y promovemos un clima de acogida y afectividad positiva, trabajando desde la intermediación cultural. Porque «no dejar a nadie atrás» no es un eslogan: es una forma de estar en el mundo.
Pero si algo ha cambiado con fuerza en los últimos años —y lo hemos sentido en primera línea—, es la urgencia de cuidar la salud mental infantojuvenil. La salud mental no es un lujo: es un cimiento. Y cuando ese cimiento se resquebraja, todo lo demás tiembla: la convivencia, el aprendizaje, el vínculo familiar, el autoestima. Por eso impulsamos Recurra GINSO hace 15 años: un programa de intervención ambulatoria y residencial para patologías severas relacionadas con el bienestar psicológico de menores, jóvenes y familias, apostando por modelos terapéuticos validados científicamente y evaluados en su eficacia. Aquí también hay innovación: la que une rigor y calidez, evidencia y cercanía. Innovar, para una ONG, no es solo incorporar tecnología o nuevos formatos. Innovar es escuchar mejor. Es medir el impacto sin perder el alma. Es abrir conversaciones difíciles con un lenguaje que no humille. Es poner la dignidad en el centro, incluso cuando el contexto empuja a lo contrario. Por eso también trabajamos desde la investigación y la formación, en colaboración con el ámbito académico, para responder a los retos sociales con propuestas que se estudian, se prueban, se corrigen y se comparten.
Quiero aprovechar este Día Mundial de las ONG para decir algo con claridad: el tercer sector no «complementa» a la sociedad; es un pilar que la sostiene. Sostiene en los márgenes, sí, pero también en el corazón. Porque cuando acompañamos a una familia que se está rompiendo, cuando ayudamos a un adolescente a reconstruir límites sin violencia, cuando protegemos a un menor que ha aprendido demasiado pronto lo que es el abandono, estamos defendiendo algo que nos pertenece a todos: el contrato moral de la convivencia.
Y, sin embargo, las ONG no somos héroes ni mártires. Somos equipos. Somos personas ilusionadas, apasionadas, formadas, comprometidas y evaluadas que trabajan con una ética clara y con rendición de cuentas, porque la confianza social se cuida con transparencia.
Si estos 25 años me han enseñado algo, es esto: todos podemos ser parte de la salvación de alguien. A veces con un programa; a veces con una oportunidad laboral; a veces con una conversación paciente; a veces con un «te veo» dicho a tiempo. Y si hoy me preguntan qué celebramos realmente, respondería: celebramos que seguimos creyendo en la posibilidad de cambio. Celebramos que no nos hemos acostumbrado a mirar hacia otro lado. Celebramos que, incluso en los escenarios más complejos, seguimos apostando por lo humano.
Que este 27 de febrero no sea solo una fecha. Que sea una decisión: la de construir una sociedad más sana y justa, empezando por quienes más la necesitan. En GINSO cumplimos 25 años y lo hacemos con la misma idea que nos vio nacer: crear oportunidades. Porque cuando una persona recupera su futuro, lo recuperamos todos.
Gracias a todas las personas que, de una manera u otra, participan en una ONG.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Mundial de las ONGs


