El 4 de febrero es el Día Mundial contra el Cáncer. Una fecha que, cada año, nos lleva a reflexionar sobre los avances logrados en los últimos años en materia de prevención, diagnóstico precoz y tratamiento de una enfermedad que afecta a millones de personas en todo el mundo. Gracias a dichos avances se ha conseguido aumentar de forma importante la supervivencia de los y las pacientes con cáncer. Por ejemplo, la supervivencia en cáncer de mama —el tipo de cáncer más frecuente en edad reproductiva— alcanza hoy día el 85%. Sin embargo, curar la enfermedad no es el único objetivo: también lo es preservar la calidad de vida y los proyectos personales de quienes la afrontan.
Para muchas personas jóvenes recibir un diagnóstico de cáncer supone enfrentarse al miedo y la incertidumbre del tratamiento, pero también a preguntas sobre el futuro. Entre ellas, una especialmente relevante y que muchas veces no se tiene en cuenta: ¿podré ser madre o padre después del cáncer?
El cáncer consiste en un crecimiento celular exagerado y sin orden. Los tratamientos oncológicos tienen como objetivo detener ese crecimiento pero, de forma secundaria, también detienen el crecimiento de otras líneas celulares normales en crecimiento, entre ellas las células reproductivas. Es por eso por lo que uno de los efectos secundarios de la quimioterapia es su gonadotoxicidad. Además, a diferencia del testículo en los varones, el ovario no tiene capacidad de regenerarse. Aunque muchas de las pacientes que reciben quimioterapia van a recobrar posteriormente su función ovárica, existe un riesgo aumentado de fallo ovárico precoz, que va a venir determinado sobre todo por la edad y por el uso de algunos quimioterápicos, como los agentes aniquilantes, muy utilizados en el tratamiento contra el cáncer de mama que, como he mencionado anteriormente, es el más frecuente en edad reproductiva. Este daño que se puede producir en el ovario, sumado al riesgo de esterilidad, va a ser variable y dependerá de distintos factores, como la edad de la paciente y la reserva ovárica que tenga en ese momento, el tipo de cáncer, de agente gonadotóxico que se utilice, así como la dosis y número de ciclos que reciba. Por otro lado, si hablamos de radioterapia sucede igual: edad, dosis recibida y zona de irradiación son los factores determinantes. Lo que sí está claro es que, a mayor edad de la paciente, la dosis de quimioterapia o radioterapia necesarias para ocasionar fallo ovárico es menor.
La pérdida de fertilidad asociada al uso de quimio o radioterapia, y las posibilidades para preservar la fertilidad entre los y las pacientes diagnosticados de cáncer deben tratarse pronto, desde el momento del diagnóstico oncológico. De la misma forma que se valora y explican las opciones terapéuticas, es importante informar a los y las pacientes de las consecuencias del uso de los tratamientos contra el cáncer y el riesgo de esterilidad que conllevan, así como de la existencia de diferentes opciones para preservar sus gametos, tanto femeninos como masculinos.
Para ello, es conveniente remitir a los y las pacientes a una unidad de reproducción tan pronto como se conoce el diagnóstico para valorar las diferentes opciones de tratamiento, evitando así problemas de tiempo, principalmente en vitrificación de ovocitos, ya que se necesitan unos 10-12 días para llevar a cabo la estimulación ovárica, ya que lo que no queremos es que se pueda retrasar el inicio del tratamiento oncológico. Si fuera necesario, se pueden incluso realizar varios ciclos de estimulación, una estrategia importante sobre todo en casos de baja respuesta a la medicación hormonal, ya que los resultados obstétricos están directamente relacionados con la edad de la paciente y el número de ovocitos disponible.
La preservación de espermatozoides es más sencilla, simplemente necesitamos congelar una o varias muestras de semen. En la mujer, la técnica más frecuentemente utilizada es la vitrificación de ovocitos, seguida de la congelación de tejido ovárico. La vitrificación de óvulos es, como menciono, la más empleada por sus buenos resultados y su mayor accesibilidad. Es una técnica segura, con resultados probados y que permite a la paciente poder emplear sus ovocitos en el futuro manteniendo el pronóstico reproductivo que tenía en el momento de la vitrificación. Es una técnica de congelación caracterizada por la ausencia de formación de hielo y es eso lo que le confiere una alta tasa de supervivencia. El resultado, que no es otro que conseguir un recién nacido vivo, está muy relacionado con la edad de la paciente y el número de ovocitos de que dispongamos. El embarazo no está garantizado por el hecho de tener ovocitos vitrificados, sino que permitirá que llevemos a cabo una serie de intentos de FIV, mayor o menor en función del número de ovocitos congelados.
Siguiendo con las opciones de preservación de fertilidad femenina, la congelación de tejido ovárico es la técnica de elección en niñas o en aquellas situaciones en las que no es posible llevar a cabo una estimulación ovárica. Otras opciones serían el uso de análogos de la GnRH, sin llegar a alcanzar y sustituir a las mencionadas anteriormente por su eficacia. También la maduración in vitro de folículos inmaduros, aunque aún debe mejorar los resultados. Todas estas técnicas son distintas, cada una con sus ventajas y limitaciones, sin que sean excluyentes entre sí. Se debe recomendar una u otra técnica de preservación de la fertilidad en base a criterios individualizados.
El impacto emocional de todo el proceso es grande. Por ello, la preservación de la fertilidad ante un proceso oncológico debería considerarse parte integral de los tratamientos contra el cáncer en varones y mujeres diagnosticados de la enfermedad en edad reproductiva. Y que el acompañamiento psicológico se integre a lo largo de todo el proceso: durante y posteriormente al tratamiento oncológico, e incluso durante el tratamiento reproductivo.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Mundial contra el Cáncer

