Viernes, 7:00 de la mañana.
El grupo de WhatsApp del equipo amanece antes que muchos de sus miembros. Una pregunta —cuántas barras de pan hay que hornear— activa de inmediato la maquinaria habitual de los viernes. En pocos segundos, los mensajes se suceden: quien ya ha entrado en el Innovation Center, quien enciende el horno, quien pide la cifra exacta de bocadillos para la jornada. La rutina se repite semana tras semana.
Ese día la previsión es: 30 bocadillos de jamón, 60 de queso y 10 de longaniza.
La persona encargada de los tomates y el embutido ha pasado por el mercado el día anterior y regresa con cinco kilos de producto bien escogido. La actividad en el obrador empieza con movimientos coordinados, casi instintivos.
Desde el fondo surge la pregunta que marca el inicio de la segunda tarea del día:
—¿Quién rellena hoy los muffins de crema de cacao?
La respuesta no tarda. Varias manos se ofrecen y, en minutos, la mesa se convierte en un pequeño obrador improvisado. Las mangas pasteleras se alinean, las bandejas se llenan y los 100 muffins previstos para el día se preparan con una concentración que mezcla oficio y voluntariedad.
En otra mesa, alguien organiza el embutido para que cada bocadillo mantenga la misma proporción. Quien coordina la logística revisa los mensajes de última hora, ajusta pedidos y diseña las camisetas de los voluntarios para el día de la carrera. Todo avanza sin necesidad de grandes discursos: la estructura ya está aprendida.
A las nueve, el escenario está completado: bocadillos envueltos, muffins colocados, mesas dispuestas y la caja lista.
A partir de ese momento, empleados de distintas áreas comienzan a acercarse. Algunos buscan su desayuno habitual de los viernes; otros pasan simplemente para aportar. Todos conocen el destino final de los ingresos y participan con la naturalidad de quien sabe que está contribuyendo a algo mayor.
Porque la recaudación no se queda en la empresa, ni se destina a cubrir ningún gasto operativo.
Todo el importe se dedica a la carrera benéfica anual en la que participarán los miembros del equipo organizador a favor de la lucha contra el cáncer, una iniciativa que el equipo multidisciplinar corre cada año de manera conjunta.
El proyecto se sostiene sobre dos pilares complementarios.
Por un lado, el voluntariado, constante y disciplinado, que cada viernes madruga para dar forma al ritual del desayuno solidario: los bocadillos y los muffins.
Por otro, el respaldo de Puratos, que aporta todos los recursos materiales necesarios: ingredientes, inscripciones y la donación final a las asociaciones locales dedicadas a la lucha contra el cáncer.
La ecuación es sencilla: sin voluntarios, la idea no se ejecuta; sin empresa, no es viable.
Cuando se acaba la venta y el último bocadillo y muffin desaparecen de la mesa, la actividad se ralentiza. Mientras se recogen bandejas y se revisan cifras, la sensación dominante es de pertenencia. Antes de salir, alguien pronuncia la frase que se ha convertido en un cierre ritual:
—El viernes que viene, más.
Porque la continuidad es la clave. El impacto no se mide en un viernes, sino en todos ellos juntos.
Esta dinámica semanal no funciona de manera aislada. Se integra en una cultura corporativa que, a lo largo del año, articula diversas iniciativas dirigidas a la participación y al compromiso social de los empleados de Puratos.
Una de ellas es la Acción de Navidad, que combina actividades lúdicas —como la jornada del “jersey feo” con su desfile de jerséis horriblemente maravillosos y los concursos de decoración navideños— con un objetivo concreto: el premio final se traduce en una donación a una fundación. Las diferentes sedes de la organización se transforman así en un escenario que une creatividad y solidaridad en un mismo gesto.
Otra iniciativa es La Re-Unión, fábrica en familia, una jornada que abre las puertas de la fábrica a empleados y familias. La actividad permite mostrar a los hijos el lugar donde trabajan sus padres, explicar a los acompañantes cómo se elabora cada producto y compartir la cultura de la empresa en un ambiente más distendido. El resultado es un acercamiento entre la vida laboral y la familiar que difícilmente podría lograrse de otra forma.
También destaca la Campaña de Donación de Sangre, que ya suma cuatro ediciones seguidas. En colaboración con el “Banc de Sang i Teixits”, empleados de distintos departamentos participan en una acción que no requiere grandes elaboraciones: donar sangre es un gesto directo que puede salvar vidas. Es una de las iniciativas más discretas, pero también una de las más tangibles en su impacto.
Estas actividades, junto con otras que se desarrollan durante el año, conforman un mosaico que va más allá de la producción y las operaciones diarias. Funcionan como recordatorio de que la empresa es, en gran medida, una comunidad y tiene como propósito el generar un impacto positivo allá donde opera. Un impacto que mejore la salud de las personas, la comunidad o el planeta en el que vivimos.
Y es en ese marco donde se entiende la idea central que sostiene todo el proyecto:
Los voluntarios sin la empresa no son nada… y la empresa sin los voluntarios, tampoco. Ese equilibrio —entre personas y organización, entre iniciativa individual y soporte empresarial— es el que define el impacto real.
Solo en la colaboración de ambos se consigue convertir un bocadillo en una aportación solidaria, un jersey navideño en una donación, una jornada en familia en cultura compartida o una bolsa de sangre en una oportunidad de vida.


