En los últimos años y en estos últimos meses todavía más, Groenlandia se ha convertido en uno de los símbolos más visibles (y más incómodos) del cambio climático.
Como decían “Los Zombies” en su canción Groenlandia de 1980: “Todas las secuencias, han llegado a su conclusión, el tiempo no puede esperar. Atravesaré el mundo y volando llegaré hasta el espacio exterior. Y yo te buscaré en Groenlandia”.
El deshielo acelerado del Ártico, provocado por el aumento sostenido de las temperaturas globales, está transformando ecosistemas milenarios. Alterando equilibrios climáticos y “abriendo” nuevas rutas marítimas y oportunidades de acceso a recursos naturales. Este escenario ha reactivado debates geopolíticos y económicos en los que, para algunos líderes y sus corrientes de pensamiento, el cambio climático se interpreta como una nueva y ambicionada ventana de oportunidad.
Pero para muchos otros, entre los que me incluyo, lo que ocurre en Groenlandia no es una oportunidad: es una advertencia.
No se trata de negar, ni ir en contra del desarrollo económico en absoluto. Tampoco de frenar el progreso (dos objetivos que apoyo y en los que trabajo a diario), sino de entender que no todo avance es sostenible si se construye sobre la degradación del entorno y el aumento del riesgo climático. La Selva Amazónica es un ejemplo claro. Durante décadas, la deforestación impulsada por intereses económicos ha generado crecimiento a corto plazo, pero hoy amenaza con llevar al ecosistema a un punto de no retorno. La pérdida de bosque, combinada con incendios, sequías y el aumento de las temperaturas, está reduciendo su capacidad de absorber CO2 y regular el clima. Convirtiendo lo que fue un gran aliado climático, en una fuente adicional de riesgo.
Desde esta convicción, nace la importancia de hablar de reducción de emisiones, no como un ejercicio teórico o una obligación regulatoria, sino como una estrategia real para combatir el cambio climático desde el ámbito profesional.
Las organizaciones tenemos un papel clave. Por nuestra capacidad de impacto, por nuestra influencia en la cadena de valor y por nuestra responsabilidad con las personas y los territorios en los que operamos.
Combatir el cambio climático requiere de un enfoque integral, que contemple todas las fuentes de emisiones y se base en planes realistas, medibles y alineados con la operativa diaria.
En DONTE GROUP, este compromiso lo articulamos a través de acciones concretas en cada uno de los tres alcances definidos por los estándares internacionales (SBTi) con una premisa clara: Avanzar con rigor y sin “maquillajes”, asumiendo tanto las oportunidades como las limitaciones reales.
En el Alcance 1, descarbonizando la movilidad desde el realismo. En el Alcance 2: Con energías renovables y las personas siempre en el centro. Y, por último, el más complicado Alcance 3, asumiendo la responsabilidad más allá de nuestras fronteras.
Volviendo a Groenlandia, su deshielo nos recuerda que incluso los gigantes más imponentes son frágiles. Y aun siendo consciente que no podemos detener el océano, ni revertir los cambios que afectan a nuestro mundo, sí que podemos aportar nuestro “cubito de hielo” para ralentizar la deriva climática de nuestro pequeño planeta. Para que pueda volver a sonreír.


