La comunicación responsable no sirve si los datos que la sostienen no están ordenados. Dicho de forma directa: no se puede comunicar responsablemente lo que no está registrado, estructurado y disponible para ser explicado y auditado.
En el ecosistema de impacto social solemos asociar la comunicación responsable al relato, al tono o a la narrativa. En la práctica, he visto que su base es otra. La comunicación responsable depende de sistemas, entendidos como procesos mínimos que permiten registrar datos, ordenar decisiones y dar acceso transparente a la evidencia. Cuando esa base no existe, la comunicación queda expuesta y pierde credibilidad.
Este problema es especialmente relevante hoy. Fundaciones, empresas con estrategias de sostenibilidad y organizaciones de base enfrentan exigencias crecientes de transparencia, rendición de cuentas y trazabilidad. Donantes, directorios y la opinión pública esperan reportes claros, consistentes y verificables. Sin embargo, muchas veces me encuentro con organizaciones que generan estos insumos mientras operan, con equipos pequeños y presupuestos acotados. En ese contexto, la falta de sistemas no solo dificulta la gestión interna; compromete directamente la calidad de lo que se comunica.
Un ejemplo habitual lo muestra con claridad. He visto cómo una fundación puede tener varios programas activos y equipos comprometidos, pero al preparar su memoria anual, descubre que cada programa reportó en formatos distintos y criterios diferentes. El equipo de comunicaciones pasa semanas recopilando registros, validando cifras y ajustando mensajes. El resultado es una comunicación frágil, basada en reconstrucciones de último minuto y no en evidencia disponible y confiable. El problema no es el mensaje. Es la ausencia de sistemas.
Abordar ese desafío no requiere soluciones grandilocuentes. Requiere avanzar de forma ordenada, entendiendo que el problema y la solución son dos caras de la misma moneda. En la práctica, construir comunicación responsable implica desarrollar una capacidad institucional en tres niveles.
El primer nivel es registrar datos. Asegurar que la información exista. Registrar transferencias, beneficiarios, actividades o decisiones, incluso de forma imperfecta, ya de por sí genera valor. El vacío de registros habitualmente resulta más costoso que uno incompleto.
El segundo nivel es ordenar y mapear. Agrupar los datos por programas o territorios y vincularlos con las necesidades de quienes los usan. Este paso convierte insumos dispersos en material útil para la gestión, la toma de decisiones y la rendición de cuentas.
Por último, el tercer nivel es dar acceso. Habilitar que cada actor acceda a los reportes en el formato que necesita: dashboards para gestión interna, consolidaciones para auditorías o memorias institucionales. Cuando la evidencia circula con claridad y consistencia, la transparencia deja de ser un esfuerzo adicional y se transforma en un activo.
Cuando estos sistemas existen, la comunicación cambia de rol. Deja de ser un esfuerzo defensivo y se convierte en una consecuencia natural de una gestión ordenada. La organización puede comunicar con confianza porque sabe qué hizo, por qué lo hizo y con qué resultados.
Este enfoque abre preguntas relevantes hacia adelante. ¿Cómo avanzar en estandarizar sin burocratizar? ¿Qué rol puede jugar la tecnología para facilitar el acceso a los datos sin sobrecargar a los equipos? ¿Cómo generar incentivos reales para aprender de forma colectiva como ecosistema?
La comunicación responsable no se trata de decir más cosas ni de usar mejores palabras. Se trata de hacer posible que lo que se comunica sea claro, verificable y coherente. Y eso depende, antes que de la comunicación misma, de los sistemas que la hacen posible.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – Comunicación Responsable: Claves para construir una marca transparente y sostenible


