La Inteligencia Artificial se ha convertido en uno de los grandes motores de la transformación empresarial. Su capacidad para mejorar la eficiencia, optimizar procesos y apoyar la toma de decisiones en las organizaciones es incuestionable. Sin embargo, su rápida adopción también está dando lugar a nuevas formas de fraude y suplantación de identidad que plantean retos relevantes en materia de buen gobierno, ética y gestión del riesgo reputacional.
Desde nuestra experiencia como consultora tecnológica, esta realidad ya forma parte del día a día de muchas organizaciones. Cada semana, alguna empresa nos traslada un caso muy similar.
Empleados que reciben correos electrónicos que aparentan proceder del CEO o de un directivo, solicitando una transferencia urgente. El lenguaje es correcto, el contexto resulta verosímil y el tono encaja perfectamente con situaciones reales del negocio.
En algunos casos, el ataque va un paso más allá: se utilizan audios generados mediante inteligencia artificial que imitan la voz de un responsable de la organización, aumentando la credibilidad y la presión del momento. Este tipo de ciberataques no busca explotar vulnerabilidades técnicas. Busca algo mucho más efectivo: la confianza, la jerarquía y la urgencia.
Este fenómeno evidencia que la ciberseguridad y la lucha contra el fraude no pueden abordarse únicamente desde una perspectiva tecnológica. Hoy, el principal vector de riesgo es humano y organizativo. Por ello, la formación en buenas prácticas digitales se ha convertido en una responsabilidad ineludible para las empresas que aspiran a operar con integridad y sostenibilidad en el largo plazo.
Formar no es solo informar. Implica generar una cultura corporativa en la que las personas sepan identificar intentos de suplantación, validar solicitudes sensibles por canales alternativos y entender que verificar una instrucción no es una muestra de desconfianza, sino un ejercicio de responsabilidad. Implica, además, que los empleados se sientan respaldados por la organización cuando dudan, incluso si el mensaje parece provenir de la alta dirección.
El buen gobierno corporativo exige liderazgo en este ámbito. Cuando un fraude tiene éxito, el impacto rara vez se limita a una pérdida económica. Afecta a la confianza de los clientes, a la credibilidad frente a los grupos de interés y a la percepción que el mercado tiene de la capacidad de la organización para gestionar sus riesgos. En muchos casos, el daño reputacional se produce no tanto por el ataque sufrido, sino por la falta de preparación o de respuesta adecuada.
La inteligencia artificial desempeña aquí un papel ambivalente. Es utilizada por los atacantes para escalar y sofisticar la suplantación, pero también puede ser una aliada para las organizaciones, ayudando a detectar comportamientos anómalos, reforzar los controles internos y anticipar amenazas. Su uso responsable requiere marcos claros de gobernanza, criterios éticos definidos y una supervisión adecuada por parte de los órganos de dirección.
Desde una perspectiva operativa y de sostenibilidad, invertir en formación continua es una de las decisiones más coherentes que puede adoptar una empresa. Refuerza la resiliencia organizativa, protege la reputación y contribuye a alinear la tecnología con los valores corporativos. En definitiva, conecta la innovación con la responsabilidad.
En un contexto en el que la suplantación digital es cada vez más creíble y frecuente, confiar únicamente en la tecnología es insuficiente. Los controles automatizados, los sistemas de detección y las herramientas de seguridad son necesarios, pero no bastan si no van acompañados de personas formadas, críticas y conscientes de su papel en la protección de la organización. La velocidad a la que evolucionan las técnicas de fraude supera, en muchos casos, la capacidad de adaptación de las soluciones técnicas, lo que refuerza la necesidad de poner el foco en el criterio humano, en la cultura interna y en la responsabilidad individual como elementos clave de defensa.
Y es que la primera línea de defensa sigue siendo humana.
Porque en un mundo cada vez más digital, la confianza es el verdadero motor del futuro del empleo.


