En un entorno digital poblado por “replicantes” algorítmicos que aprenden, deciden y actúan por nosotros, la ciberseguridad es un reto de gobernanza responsable, donde transparencia, trazabilidad, control humano y rendición de cuentas marcan la diferencia entre distopía y confianza.
Quienes recordamos a la película Blade Runner y ya no digamos las novelas de las que surgió, visualizamos una megápolis oscura, saturada de tecnología y habitada por seres humanos y androides bioingenieriles hablantes de cityspeak, cuya verdadera naturaleza sólo se revela a través de pruebas rigurosas y difíciles de interpretar. Sí, podemos afirmar que el Test de Voight-Kampff es el ficticio origen de la actual Prueba de Esquemas de Winograd.
Esa metáfora encaja inquietantemente bien con la realidad actual de la ciberseguridad basada en inteligencia artificial: modelos opacos que toman decisiones críticas, ecosistemas regulados a destiempo y organizaciones que luchan por distinguir entre lo legítimo y lo fraudulento en un flujo constante de datos. Hablar de un agente Blade Runner es, por tanto, hablar de la necesidad de pasar de un escenario de caos regulatorio y decisiones automatizadas incontrolables a una gobernanza responsable de la IA, donde los algoritmos sean auditables, supervisados por personas y alineados con criterios claros de ética, seguridad y cumplimiento.
La reflexión sobre ciberseguridad e IA responsable en 2026 tiene una historia. Muy bien ubicada en el tiempo.
1996: Escalar versus Proteger
Hace exactamente 30 años, la Communications Decency Act (CDA), en su famosa sección 230, otorgó a los proveedores de servicios online una amplia inmunidad frente a la responsabilidad por los contenidos generados por terceros. En la práctica, significó que una plataforma no sería tratada como “editor” de todo lo que publicaban sus usuarios, lo que permitió el crecimiento explosivo de foros, redes sociales y servicios interactivos que hoy son la base de la economía de datos sobre la que se entrena la IA.
En Europa, sin embargo, el enfoque fue mucho más gradual y garantista, apoyado en principios de protección de derechos fundamentales y, más tarde, en instrumentos como el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) y el actual enfoque basado en riesgos de la regulación de IA. Mientras Estados Unidos priorizó la expansión de la intermediación digital con un fuerte escudo de responsabilidad, la Unión Europea fue configurando un modelo donde la innovación debía convivir desde el inicio con obligaciones de diligencia, transparencia y protección de la persona.
Aquel año, la preocupación política central de la Administración Clinton era el contenido “obsceno” e “indecente” en los primeros servicios online, lo que dio lugar a intentos de censura que el Tribunal Supremo americano tumbó por vulnerar la Primera Enmienda, dejando sin efecto buena parte de la CDA salvo la sección 230. Ese mismo ecosistema fue, sin embargo, el caldo de cultivo para nuevas amenazas: spam masivo, estafas por correo electrónico, distribución de malware y los primeros fraudes financieros online, que se intensificaron con la expansión del comercio electrónico en la década siguiente.
Hoy, las organizaciones ya no se enfrentan sólo a malware y phishing, sino a modelos de IA capaces de generar correos, voces o deepfakes altamente verosímiles, amplificando el fraude y la ingeniería social a escala. La continuidad histórica es evidente: el mismo marco que facilitó la proliferación de servicios interactivos sin una corresponsabilidad clara ha contribuido a un entorno tan complejo como problemático.
Aprendizajes históricos para la gobernanza actual
“¡He hecho un milagro con seis semanas de datos!”
Afirmación de Roy Batty a Chew
Resumiendo, cuatro son los grandes pilares de gobernanza y ciberseguridad para una internet 2.0 más confiable y segura:
- Transparencia
- Trazabilidad
- Control humano significativo
- Rendición de cuentas
Mirar a 1996 nos enseña que las decisiones legales y de gobernanza en torno a la tecnología tienen efectos de largo plazo sobre el equilibrio entre innovación, derechos y seguridad. La sección 230 fue concebida para favorecer la libertad de expresión y la moderación de contenidos, pero su lectura expansiva ha generado un ecosistema donde las plataformas han podido externalizar gran parte de los riesgos sociales y de seguridad hacia usuarios y terceros. Recuérdese que toda esta economía de datos nace bajo una visión y una legislación muy diferentes.
En el contexto europeo actual, marcado por el Safer Internet Day y por una agenda ambiciosa de regulación digital, el reto es casi inverso: ¿cómo garantizar que los marcos de IA responsable y ciberseguridad no ahoguen la innovación, sino que la orienten hacia usos que refuercen la resiliencia, la protección de colectivos vulnerables y la confianza en la tecnología? La experiencia nos indica que la clave está en integrar desde el diseño los principios ya mencionados.
Los primeros años de la Internet se caracterizaron por un enfoque experimental en el que la seguridad y la responsabilidad quedaban con frecuencia en segundo plano frente al objetivo de “crecer primero y corregir después”. En 2026, y con la IA en el centro de la transformación digital, ese paradigma ya no es sostenible o por lo menos es muy peligroso: cada modelo desplegado amplía la superficie de ataque, multiplica la posibilidad de errores sistémicos y puede amplificar sesgos o prácticas discriminatorias, especialmente en el ámbito laboral y en el tratamiento de colectivos vulnerables, como exploramos en el proyecto cAIre de OdiseIA, por el patrocinio del Google.org Digital Futures Project.
La oportunidad que ofrece el Safer Internet Day es reforzar una cultura organizativa en la que la ciberseguridad y la IA responsable sean vistas como palancas de confianza y de competitividad a largo plazo, y no como obstáculos. Si 1996 fue el año del gran “permiso para escalar” del Internet comercial, la próxima década debe ser la del “permiso para proteger”: un compromiso explícito de las organizaciones para asumir la responsabilidad por el impacto de sus sistemas inteligentes en la seguridad, la dignidad y los derechos de las personas.

