Hablar de biodiversidad ya no es un ejercicio técnico o profesional ni una preocupación exclusiva de ambientalistas. Es, cada vez más, una cuestión de supervivencia colectiva. La biodiversidad – la variedad de vida en todas sus formas, desde microorganismos hasta grandes ecosistemas-, mantiene y cuida los sistemas naturales que hacen posible nuestra existencia: el aire que respiramos, el agua que bebemos, los alimentos que consumimos y el equilibrio climático del que dependemos. En definitiva, es lo que hace que el planeta donde vivimos sea un planeta habitable.
Sin embargo, estamos viviendo una pérdida de biodiversidad a una velocidad sin precedentes. La expansión urbana, la deforestación, la contaminación, el cambio climático y la sobreexplotación de recursos han llevado a miles de especies al borde de la extinción como ya llevamos años viendo. Este fenómeno no es aislado ni anecdótico: es sistémico. Y lo más preocupante es que sus efectos no son del futuro, sino del presente.
Ante este escenario pesimista y traumático, las iniciativas de conservación han cobrado un protagonismo imprescindible.
Pero, como desde pequeña me han enseñado a ver el vaso medio lleno, o al menos a intentar buscar soluciones que puedan aportar algo de luz a los problemas, me gusta pensar que todavía hay motivos para la esperanza. Cada vez surgen más iniciativas que buscan proteger y recuperar la biodiversidad, y lo interesante es que no vienen solo de gobiernos o grandes organizaciones, sino también de empresas, comunidades y para mí, lo más importante de cada uno de nosotros.
Cuando hablamos de biodiversidad y de proteger el planeta, es fácil que la conversación se vuelva tan grande y global, que termine pareciendo ajena. Conceptos como cambio climático, pérdida de ecosistemas o transición energética suenan importantes, y lo son, pero también pueden generar una sensación peligrosa: la de que es un problema demasiado complejo, casi inalcanzable para la mayoría.
Y ahí está uno de los primeros errores que debemos corregir.
Porque quizá la primera gran solución no sea tecnológica ni política, sino mental: dejar de ver el cuidado del medioambiente como algo lejano, abstracto o reservado a expertos, y empezar a entenderlo como lo que realmente es, un reto colectivo en el que todos tenemos un papel. Vamos, para que todo el mundo me entienda: dejar de ver el cuidado de la biodiversidad como algo exótico, como ir a Bali a cuidar las playas y salvar tortugas, y entender que cada acción que haces en tu día a día tiene un impacto directo.
Durante años, hemos colocado la responsabilidad en “los grandes”: gobiernos, instituciones y grandes empresas. Y, aunque su rol es clave, esta forma de pensar ha tenido un efecto secundario claro: ha desconectado a las personas de la solución. Si el problema es gigantesco y lo tienen que resolver otros, ¿qué puedo hacer yo?
La respuesta es mucho más sencilla de lo que parece: bastante más de lo que creemos.
En Contigo Energía hace años nos cansamos de hablar del futuro renovable, y empezamos a hablar de presente, recalcando la importancia del actuar ahora.
Por eso, para nosotros, el primer paso pasa por cambiar cómo entendemos el problema: dejar de ver el cuidado del medioambiente como algo lejano e inalcanzable, y empezar a asumirlo como un reto colectivo en el que todos tenemos un papel. Es fundamental trasladar a los ciudadanos que pueden formar parte de la solución, que no hace falta hacer cambios radicales ni complicados para empezar a contribuir, y que cada pequeña acción cuenta más de lo que parece. Al final, se trata de acercar el problema, hacerlo tangible y demostrar que el impacto empieza en lo cotidiano. Como nos gusta decir en Contigo Energía, todo lo que hacemos empieza Contigo, y ese primer paso —el más importante— debe nacer en uno mismo.
Porque quizá la pregunta incómoda no es qué están haciendo los demás, sino qué estoy dispuesto a cambiar yo. Durante años hemos señalado hacia fuera pero pocas veces miramos hacia dentro con la misma exigencia. Y ahí es donde este debate se vuelve realmente interesante: cuando entendemos que no hay transformación posible sin cierta incomodidad personal.
La biodiversidad no se pierde en abstracto, se pierde en nuestras decisiones cotidianas, en lo que consumimos sin pensar, en lo que normalizamos por inercia. Y, del mismo modo, tampoco se va a recuperar con grandes declaraciones si no hay una base social que actúe en consecuencia.
Quizá ser parte de la solución no sea tan épico como nos gustaría. No implica gestos heroicos ni cambios radicales de un día para otro. Implica algo más difícil: constancia, coherencia y, sobre todo, conciencia. Implica asumir que el cambio no empieza cuando todo el mundo esté preparado, sino cuando uno decide dar el primer paso.
Porque al final, proteger el planeta no va de salvar algo que está fuera, va de responsabilizarnos de lo que ya es parte de nosotros. Y en ese punto, la pregunta deja de ser colectiva y se vuelve profundamente individual: ¿y yo, por dónde empiezo?


