El cáncer no es una única enfermedad. Bajo este término se agrupan decenas de patologías distintas, con factores de riesgo, pronósticos y respuestas al tratamiento que pueden variar de un paciente a otro. En este complejo rompecabezas que es la oncología, la investigación cambió primero para dejar atrás un enfoque centrado en las terapias para incorporar la detección precoz como medida para lograr tasas de supervivencia y bienestar mucho mayores. Sin embargo, durante demasiado tiempo ha dejado en segundo plano un frente clave: la alimentación.
En la última década, esta situación está cambiando. De forma silenciosa, pero constante, la nutrición ha ganado protagonismo tanto en la investigación sobre la prevención como sobre la progresión del cáncer. Como muestra, yo soy uno de los cinco investigadores ganadores de los Premios a la Investigación Jesús Serra con proyectos centrados en los efectos de la alimentación o de nutrientes concretos en la prevención y el desarrollo del cáncer.
Estos premios fueron los primeros en poner el foco en la investigación de la alimentación y la nutrición y sus efectos en la salud, y nacieron también para mejorar y favorecer los mensajes de salud pública. En el caso del cáncer, ya no puede ser simplemente “comer sano”, sino que debe recoger las nuevas estrategias de investigación que redefinen la relación entre dieta, metabolismo y riesgo oncológico. Y aquí quiero lanzar un mensaje de cautela, porque con los avances de la ciencia proliferan también los “vendedores de humo”, dispuestos a ofrecer alimentos y dietas milagro sin ningún respaldo científico.
Tradicionalmente, la lucha contra el cáncer desde el punto de vista nutricional se ha construido sobre tres pilares: alimentación, actividad física y composición corporal. Desde esta óptica, el sobrepeso y la obesidad se presentan como los factores de riesgo más relevantes, aunque el papel de la dieta y de la actividad física, y en la actualidad especialmente la inactividad física, también destacan y no únicamente como simples herramientas para controlar el peso.
Por poner un ejemplo de mi propia investigación. Desde hace unos años, estudiamos el efecto de los polifenoles, unos compuestos bioactivos presentes en numerosos alimentos de origen vegetal. Estos compuestos tienen propiedades antioxidantes, antiinflamatorias y anticáncer. Y quiero activar aquí de nuevo la cautela, porque estos son términos científicos que se han convertido en palabras de moda y son utilizados con demasiada frecuencia para hablar de productos de dudoso valor nutricional real y, desde luego, sin evidencia científica sólida en la prevención del cáncer.
Volviendo a la investigación. Existen numerosos estudios epidemiológicos que observan efectos protectores de estos polifenoles en enfermedades cardiovasculares, neurodegenerativas y en la diabetes. Sin embargo, estos beneficios no se observan claramente o se detectan únicamente de forma muy leve en estudios de prevención del cáncer. Todo y que estos compuestos pueden ofrecer una protección ante factores de riesgo del cáncer, como son el sobrepeso o los niveles elevados de glucemia. Y este ejemplo nos muestra el cambio de paradigma que ya inunda la investigación, pero que todavía no ha permeado en la sociedad. Debemos dejar de preguntarnos por los beneficios de un alimento concreto o algunos componentes específicos, y hablar de los efectos de la alimentación sobre el cáncer desde una perspectiva más holística, como serían los patrones dietéticos, ya que nunca consumimos los alimentos de forma aislada.
En concreto, uno de los patrones que se ha identificado como más saludable es la dieta Mediterránea, que en nuestra zona geográfica debería ser el patrón de referencia para la mayoría, ya que es saludable, sabrosa y sostenible. Ésta se basa en alimentos de origen vegetal frescos, variados, de temporada y de proximidad. Sin embargo, patrones menos saludables en la prevención del cáncer serían aquellos caracterizados por un alto consumo de alimentos ultra procesados, sean vegetales o animales, con grandes cantidades de grasas saturadas, sal y azúcares añadidos. De este último grupo podríamos destacar las dietas occidentalizadas o los patrones dietéticos inflamatorios, en contraposición de los patrones anti-inflamatorios que promueven alimentos similares a la dieta Mediterránea.
La identificación de estos patrones dietéticos es fruto de años de investigación en epidemiología nutricional. Inicialmente, con estudios retrospectivos que presentaban grandes sesgos por los criterios de selección y la vulnerabilidad de depender de la memoria para cuantificar la estimación de la dieta. Hoy, en cambio, trabajamos con estudios prospectivos de cohorte que permiten un análisis mucho más robusto. Un ejemplo es el estudio EPIC, un proyecto europeo que sigue a más de medio millón de personas en diez países, registrando sus hábitos alimentarios y su estado de salud a lo largo del tiempo, con especial atención a la incidencia de distintos tipos de cáncer.
El estudio EPIC ha sido clave para responder a preguntas complejas, como por qué determinados factores de riesgo se comportan de forma distinta según la localización del tumor. Los productos lácteos, por ejemplo, disminuyen claramente el riesgo de cáncer colorrectal, pero pueden tener un impacto negativo en el riesgo de padecer cáncer de próstata. También ha ayudado a demostrar cómo una dieta basada en alimentos de origen vegetal no es automáticamente sinónimo de saludable. Si bien una dieta rica en frutas y verduras suele definir un patrón saludable, si le añadimos un consumo elevado de bebidas azucaradas, bollería o patatas chips, por muy vegetales que estas sean, esta dieta deja de ser tan beneficiosa.
Queda mucho por investigar. Pero si algo sabemos es que de la misma forma que no existe un único tipo de cáncer, tampoco existe una única dieta saludable y la personalización de la dieta se está convirtiendo en un factor más importante. Los retos de investigación no son por tanto descubrir la molécula milagrosa que acapare titulares, sino entender cómo cada compuesto se integra en un patrón dietético global para mejorarlo, para que sea realmente más saludable.
Mientras la investigación sigue avanzando, el mensaje práctico es claro: una dieta basada en alimentos vegetales no procesados, con un consumo limitado de grasas saturadas, sal y azúcares, es un excelente punto de partida. Pero conviene desconfiar de los superalimentos, porque el verdadero superpoder no está en un alimento concreto, sino en el patrón dietético en su conjunto.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Mundial contra el Cáncer

