La sostenibilidad se ha convertido en un factor estratégico para las empresas, impulsada por la presión regulatoria, la transición energética y la creciente integración de criterios ESG en la financiación y la cadena de valor. En esta entrevista para Corresponsables, Jordi Martínez, socio de Energía y Sostenibilidad de Baker Tilly, analiza los principales retos que afrontan las organizaciones para avanzar desde el cumplimiento normativo hacia una integración real de la sostenibilidad en la estrategia empresarial. A lo largo de la conversación, aborda el papel del dato, la cultura interna, la descarbonización y las tendencias que marcarán la agenda corporativa en los próximos años.
- ¿Cómo describiría el momento que viven hoy las empresas en materia de sostenibilidad?
- La transición energética es uno de los grandes retos actuales. ¿Dónde detecta más dificultades a la hora de aterrizarla en la operativa diaria de las compañías?
- Desde su experiencia, ¿qué errores se repiten cuando las empresas abordan proyectos de eficiencia energética o descarbonización?
- ¿Cómo están ayudando a las empresas a pasar del cumplimiento a la gestión real del dato?
- Más allá de procesos y métricas, la sostenibilidad también es cultura. ¿Qué papel juegan las personas en que las estrategias ESG funcionen de verdad?
- ¿Qué tendencias en energía y sostenibilidad cree que marcarán la agenda empresarial a corto y medio plazo?
- Para terminar, ¿qué consejo daría a aquellas organizaciones que están empezando a estructurar su estrategia de sostenibilidad y no saben por dónde avanzar?
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¿Cómo describiría el momento que viven hoy las empresas en materia de sostenibilidad?
Creo que estamos en un momento de transición en todos los aspectos de la sostenibilidad. Podemos resumirlo en tres grandes elementos.
El primero es evidente: existe una presión normativa creciente, extensa y compleja que afecta a muchos ámbitos, desde cambio climático y reporting hasta CSRD, deforestación o movilidad sostenible. Es una realidad convivir con esta incertidumbre y con una presión regulatoria cada vez mayor.
En segundo lugar, vemos que no todas las empresas avanzan a la misma velocidad. Hay compañías que ya han integrado la sostenibilidad y el ESG como parte estratégica del negocio, mientras que otras aún lo enfocan como un mero cumplimiento normativo, especialmente muchas pequeñas y medianas empresas.
Pero también observamos que las organizaciones más avanzadas están aprovechando la sostenibilidad como una oportunidad de negocio: una forma de mejorar la eficiencia, mitigar riesgos o incrementar ingresos mediante nuevos productos o servicios. En definitiva, una vía para diferenciarse en el mercado.
Hoy el ESG ha dejado de ser opcional para muchas compañías y se está convirtiendo en un factor estructural. El gran reto es pasar del cumplimiento normativo a una integración realista y efectiva dentro de la estrategia empresarial.
La transición energética es uno de los grandes retos actuales. ¿Dónde detecta más dificultades a la hora de aterrizarla en la operativa diaria de las compañías?
La transición energética es, sin duda, uno de los grandes retos para muchas organizaciones.
El primero es la inversión. Implantar procesos de descarbonización puede requerir inversiones significativas, especialmente en empresas con márgenes ajustados o instalaciones antiguas, lo que supone una barrera importante.
Pero no todo es inversión económica; también está el reto de los datos. Muchas compañías desconocen dónde consumen más o cuáles son sus principales emisiones. Sin información fiable resulta difícil priorizar acciones o evaluar el impacto real.
Otro aspecto clave son las personas. Cualquier proceso de cambio requiere implicación y capacidades técnicas, y no todas las organizaciones cuentan con los perfiles necesarios para impulsar estas transformaciones de forma consistente.
En definitiva, los procesos de descarbonización requieren soluciones prácticas y personalizadas para cada organización, y aún queda mucho camino por recorrer en los próximos años.
Desde su experiencia, ¿qué errores se repiten cuando las empresas abordan proyectos de eficiencia energética o descarbonización?
Cada vez hay más empresas interesadas en abordar proyectos de descarbonización, ya sea por presión regulatoria o por exigencias del mercado, y lo hacen con buena intención. Sin embargo, detectamos errores recurrentes.
El primero es no realizar un diagnóstico previo riguroso: identificar dónde se consume más, cuáles son las emisiones relevantes y qué acciones deben priorizarse.
Otro error habitual es plantear proyectos aislados. La gestión energética implica a múltiples departamentos —compras, mantenimiento o dirección— y requiere coordinación, algo que a menudo falla.
También vemos iniciativas que se implementan sin un seguimiento claro. Faltan KPIs e indicadores, y ya sabemos que lo que no se mide no se puede mejorar.
Por último, es frecuente tratar la descarbonización como un tema exclusivamente tecnológico. En realidad, también implica cambios operativos y culturales que requieren formación y comunicación interna.
Más que buscar resultados rápidos, es necesario contar con una hoja de ruta a largo plazo.
¿Cómo están ayudando a las empresas a pasar del cumplimiento a la gestión real del dato?
El papel del consultor en sostenibilidad es clave. Nuestra misión no se limita a interpretar normativa, sino a actuar como facilitadores.
Ayudamos a identificar qué datos son realmente relevantes. No se trata de medirlo todo, sino aquello que aporte valor y permita focalizar esfuerzos.
Después está el reto de capturar esos datos. Muchas empresas viven procesos complejos cuando elaboran sus informes, por lo que diseñar un buen plan de recogida de información, con responsables y fuentes claras, es fundamental.
También trabajamos la calidad del dato: que sea fiable, validado y tratable. Y, por supuesto, el componente tecnológico, identificando herramientas que faciliten la captura y el análisis.
Pero no debemos olvidar la gestión del cambio. Formar a los equipos y facilitar que el proceso no interfiera en el día a día es esencial.
Más allá de procesos y métricas, la sostenibilidad también es cultura. ¿Qué papel juegan las personas en que las estrategias ESG funcionen de verdad?
El papel de las personas es absolutamente clave. Podemos tener tecnología y software, pero las decisiones las toman las personas.
Es fundamental implicar a todos los departamentos y contar con el liderazgo de la dirección, que debe transmitir mensajes claros y coherentes y evitar el greenwashing.
Además, los incentivos son importantes. Vincular objetivos de sostenibilidad a sistemas de evaluación o bonus ayuda a impulsar cambios reales en el comportamiento.
¿Qué tendencias en energía y sostenibilidad cree que marcarán la agenda empresarial a corto y medio plazo?
Aunque el contexto es incierto, hay varias tendencias claras.
La primera es el cambio climático y la neutralidad climática: cálculo de huellas de carbono, planes de descarbonización o electrificación de procesos serán cada vez más relevantes.
La segunda es la integración de la cadena de suministro. Aunque muchas normativas afectan principalmente a grandes empresas, generan un efecto cascada hacia proveedores y pymes.
La tercera tendencia es el acceso a la financiación, cada vez más vinculado a requisitos ESG.
Y, por último, la economía circular: uso eficiente de materiales, ecodiseño y gestión de residuos, impulsados tanto por la legislación como por la presión del mercado.
Para terminar, ¿qué consejo daría a aquellas organizaciones que están empezando a estructurar su estrategia de sostenibilidad y no saben por dónde avanzar?
Lo primero es parar, reflexionar y entender el contexto propio: modelo de negocio, impactos, riesgos, exigencias regulatorias y expectativas de los grupos de interés.
Después, priorizar. No intentar abordarlo todo desde el principio, sino identificar los temas materiales y avanzar paso a paso.
A partir de ahí, definir una hoja de ruta clara con objetivos medibles, responsables y recursos, y establecer mecanismos de seguimiento, como comités de sostenibilidad que revisen periódicamente el progreso.
Cada organización es diferente y necesita un plan realista que genere credibilidad interna y permita que cada vez más personas se impliquen en el proceso.
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