Antonio Espinosa de los Monteros, CEO de AUARA, explica en esta entrevista para Corresponsables cómo la compañía mantiene intacto su propósito de llevar agua potable a comunidades vulnerables, mientras amplía el impacto de sus proyectos en ámbitos como el saneamiento o la agricultura. A lo largo de la conversación, reflexiona sobre el papel del emprendimiento social, la medición del impacto a través del retorno social de la inversión y los retos de comunicar al consumidor que cada botella de agua puede contribuir a transformar vidas.
- AUARA nació con un propósito social muy claro. ¿Qué ha cambiado desde los inicios hasta hoy?
- Trabajáis en comunidades sin acceso a agua potable. ¿Qué realidad os ha impactado más sobre el terreno?
- Cuando habláis de impacto, ¿qué indicador os dice realmente que estáis transformando vidas?
- Además del impacto social, apostáis por envases más sostenibles. ¿Cómo equilibráis ambas prioridades?
- ¿Qué decisiones difíciles habéis tenido que tomar para mantener coherencia entre negocio e impacto social?
- El consumidor es parte esencial del modelo. ¿Cómo hacéis que entienda que su compra tiene un impacto real?
- Como CEO, ¿qué liderazgo requiere hoy una empresa social frente a una empresa tradicional?
- Mirando al futuro, ¿qué debería cambiar para que haya más empresas sociales en España?
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AUARA nació con un propósito social muy claro. ¿Qué ha cambiado desde los inicios hasta hoy?
El propósito no ha cambiado nada. Lo que ha cambiado es el momento en el que estamos, el equipo, el volumen, el tamaño y las capacidades. Hemos ido evolucionando y, gracias a Dios, ampliando nuestras capacidades de generar ese impacto.
Pero el propósito inicial sigue siendo exactamente el mismo y permanece intacto. A veces lo que hacemos es profundizar en ese propósito desde el punto de vista de la ejecución. Empezamos con una idea muy clara: nuestro propósito es llevar agua a personas que no la tienen.
Con el tiempo hemos ido profundizando en ese propósito y, a través del agua, hemos ampliado nuestros objetivos y nuestro radio de acción. No solo trabajamos en el acceso a agua potable de consumo diario, sino también en el agua como motor de cambio en ámbitos como el saneamiento o la agricultura.
Siempre el agua es el hilo conductor de los proyectos, pero en un sentido amplio permite generar un impacto muy relevante en otros ámbitos. Así que seguimos con la misión original de llevar agua donde hace falta, aunque a veces lo hagamos a través de proyectos de tipologías distintas, siempre con la idea de impactar en la vida de las personas más vulnerables.
Trabajáis en comunidades sin acceso a agua potable. ¿Qué realidad os ha impactado más sobre el terreno?
Han sido muchas en estos años. Llevamos ya más de 268 proyectos en 28 países, así que las realidades que hemos visto son muy duras.
Desde brotes de cólera hasta huracanes o volcanes en erupción. Hay muchos factores externos que afectan al desarrollo de los proyectos porque estamos hablando de lugares muy extremos. A veces incluso guerrillas que atacan las oficinas de un socio local.
Son realidades muy complejas. Todas tienen algo en común: la sensación que te dejan cuando estás allí. Ves una vulnerabilidad enorme en lugares donde la gente no tiene algo tan básico como agua.
Son cosas que aquí tenemos completamente solucionadas y que, a priori, tienen soluciones relativamente sencillas. El agua, pero también otras cuestiones que generan impactos muy negativos y que podrían resolverse con intervenciones simples.
El problema es que a veces esas soluciones son muy complejas de ejecutar por las condiciones culturales, locales o socioeconómicas. Siempre te queda una mezcla de indignación por que esa realidad exista y, al mismo tiempo, motivación al comprobar que con relativamente poco se puede hacer mucho.
Cuando habláis de impacto, ¿qué indicador os dice realmente que estáis transformando vidas?
Tenemos muchos indicadores: número de beneficiarios, litros de agua aportados o número de horas de caminata evitadas para las personas de las comunidades.
Todos ellos tienen impacto. También hemos intentado desarrollar indicadores más sofisticados relacionados, por ejemplo, con la escolarización de los niños o con la igualdad de género, porque normalmente son las mujeres quienes se encargan de buscar agua y el acceso a ella les impacta directamente.
También medimos impactos en saneamiento o en salud.
Muchos de esos indicadores los tenemos en cuenta cuando calculamos una métrica que unifica todo ese impacto: el SROI social o retorno social de la inversión. Esta métrica trata de monetizar esos impactos y expresarlos como una rentabilidad social.
Cada euro invertido genera entre cinco y diez euros de retorno social, dependiendo del país y del tipo de proyecto. En ese cálculo se incluyen variables como la reducción de la mortalidad, la reducción de enfermedades o la reducción del tiempo que las personas dedican a buscar agua.
De esta manera se unifica todo en una sola métrica que permite comparar impactos de forma más clara.
Además del impacto social, apostáis por envases más sostenibles. ¿Cómo equilibráis ambas prioridades?
La verdad es que muchas veces no tomamos decisiones de forma totalmente racional. Hablas de equilibrar prioridades y, en nuestro caso, muchas decisiones tienen que ver con la convicción.
Es importante hacer análisis de riesgos y análisis económicos, pero a veces esos análisis pueden llevar a la parálisis. En algunos momentos tienes que tomar decisiones basadas en convicciones.
En 2016 lanzamos la primera botella de plástico reciclado en Europa, prácticamente en el mundo, y no hicimos un análisis de rentabilidad económica ni nada parecido. Lo hicimos porque no podíamos solucionar un problema social en Etiopía o Camboya generando a la vez un problema medioambiental aquí en España.
En aquel momento esa decisión no tuvo ninguna relevancia comercial, porque el problema del plástico todavía no estaba en la conciencia del consumidor.
Sin embargo, en 2018 y 2019, cuando esa conciencia creció mucho, se convirtió en una ventaja competitiva muy importante.
Nos gusta pensar que las decisiones bien tomadas, aunque no tengan rentabilidad inmediata, el mercado y la sociedad terminan reconociéndolas.
¿Qué decisiones difíciles habéis tenido que tomar para mantener coherencia entre negocio e impacto social?
Supongo que han sido muchas. Cuando integras el impacto social dentro de los principios que guían las decisiones diarias, muchas decisiones se vuelven más fáciles.
Cuando tienes dudas, vuelves a tus principios, a tus valores y a tu propósito, y casi siempre encuentras ahí la respuesta.
Recuerdo un caso relacionado con el plástico reciclado. Recibimos una propuesta para exportar a un mercado en el que el importador no quería utilizar plástico reciclado por una cuestión de costes.
Era un volumen relevante de negocio, pero decidimos decir que no.
Cuando tienes claro tu propósito, muchas decisiones se resuelven así.
El consumidor es parte esencial del modelo. ¿Cómo hacéis que entienda que su compra tiene un impacto real?
No es nada fácil, porque hablamos de un producto de gran consumo. Las decisiones se toman en milisegundos delante de un lineal de supermercado o de una nevera en una tienda.
Nos encantaría poder parar a cada persona que compra una botella de AUARA y contarle toda la historia y todo el impacto que hay detrás, pero la realidad es que apenas tienes un instante para comunicar.
Siempre ha sido un reto encontrar una forma de transmitir ese mensaje de manera clara y eficaz en el punto de venta.
Por eso hemos trabajado mucho en el packaging. Queríamos encontrar una forma directa de transmitir el impacto sin perder el respeto hacia las comunidades con las que trabajamos.
Ha sido un proceso de reflexión de varios años que ha desembocado en las nuevas etiquetas que estamos lanzando ahora.
Como CEO, ¿qué liderazgo requiere hoy una empresa social frente a una empresa tradicional?
Creo que cada vez hay menos diferencias. Muchas empresas con ánimo de lucro están integrando el impacto social dentro de su propósito.
El liderazgo en una empresa social requiere talento, capacidad de ejecución y equipos muy alineados con el propósito.
El líder tiene que ser coherente con ese propósito, tomar decisiones difíciles basándose en él y representar los valores de la compañía.
Para mí son importantes la humildad, la vocación de servicio y el intraemprendimiento dentro de los equipos.
Las personas no están solo para cumplir tareas, sino para mejorar continuamente lo que hacen.
Mirando al futuro, ¿qué debería cambiar para que haya más empresas sociales en España?
Creo que lo primero es fomentar el emprendimiento en general. Emprender ya es muy difícil, y cuando además le añades el componente social, el camino es todavía más complejo.
Necesitamos un marco legal, fiscal y laboral que facilite emprender.
También es importante un cambio cultural. A veces existe la percepción de que quien emprende busca solo maximizar beneficios, cuando en realidad muchos emprendedores quieren solucionar problemas o mejorar algo que no funciona bien.
En el caso del emprendimiento social, además, el retorno social es enorme. Cada euro invertido genera beneficios sociales muy importantes, muchas veces reduciendo gastos del propio Estado.
En otros países, como Reino Unido, existen políticas de compra pública que favorecen a las empresas sociales que generan impacto en las comunidades.
En España todavía estamos lejos de eso, pero sería un paso muy importante.
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