Emprendimiento social en España: Ahora que lo entendemos no sabemos relacionarnos con él | Corresponsables.com España

Emprendimiento social en España: Ahora que lo entendemos no sabemos relacionarnos con él

19-12-2017
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En mayo de 2009 volví a España después de vivir un par de años en Boston y fundé una empresa social. Esa fue mi primera incursión en el mundo del emprendimiento social, al que me he dedicado a través de la investigación, la docencia y la práctica desde entonces. En aquel verano de 2009, cuando decía que quería montar una empresa social la respuesta que recibía mayoritariamente era una mirada confusa. La empresa social que fundé en 2009, Puentes Global, aún existe y hoy, cuando digo que presido una empresa social, recibo miradas de apoyo. Para mí esa transformación en la mirada de la gente refleja a la perfección el inmenso avance que se ha producido en pocos años. Hablaremos de lo que queda por andar pero es importante a veces mirar lo caminado para, con justicia, congratularnos en ello.

Hay varios elementos muy visibles que se han transformado en estos años. No hay más que meter las palabras “emprendimiento social” en un buscador para ver cómo las empresas sociales en España se han multiplicado y el tamaño y nivel de consolidación de las mismas es cada vez mayor. En simbiosis con esto, se ha desarrollado un floreciente ecosistema de emprendimiento social.  Cada vez más grandes corporaciones se deciden a impulsar el emprendimiento social a través de programas de aceleración o incubación. Las universidades llevan este fenómeno a sus programas y experiencias formativas. El ámbito de la inversión no se ha quedado atrás. Desde que en 2009 se fundara en España Creas, el primer fondo de inversión social en nuestro país, varios más han ido naciendo con diferentes focos, tamaños y estrategias de inversión. Las rondas de inversión son mayores y este año hemos visto la primera ronda de inversión internacional de una empresa social española.

Otro elemento menos visible pero más importante también ha ido cambiando. Ha habido un avance importante en la asimilación por parte de la sociedad del modelo híbrido del emprendimiento social. Y es que darle una misión primordialmente social/medioambiental a conceptos empresariales choca con la división entre empresas y ONGs con que nos hemos sentido cómodos durante el último siglo. Esa división que, con la perspectiva tan ordenada que nos ofrece (cada organización en su caja correspondiente), ha sido siempre ficticia. Como tantas otras cosas, el emprendimiento social es una etiqueta nueva para algo que no hemos inventado ahora.

Siempre ha habido empresarios que lanzaban sus empresas impulsados por un objetivo primordialmente social: Padres de niños con discapacidad que fundan empresas en las que su hijo y otros como él puedan tener un futuro profesional, cooperativas que tienen por misión generar empleo para personas en riesgo de exclusión y para ello desarrollan una floreciente actividad económica, emprendedores en entornos rurales que imaginan negocios que les permitan proteger el medio ambiente en que crecieron,… Y, por el otro lado, siempre han existido organizaciones sociales que bebían de todas aquellas formas de gestión que les fueran útiles, vinieran del sector que vinieran.  Esta realidad implícita tan natural ha sido difícil de aceptar socialmente de manera explícita. ¿Cómo va alguien a pretender generar ingresos si tiene un fin social? ¿Cómo va una organización social a emitir una factura? Cada vez más gente comprende que, si bien es razonable financiar con donaciones aquello que no se puede financiar de otra manera, también es razonable imaginar formas creativas de financiar con ingresos de mercado aquello que no es imprescindible financiar con donaciones. Este es el mayor avance que se ha producido.

Hemos dado muchos pasos adelante y también queda mucho camino por andar. El modelo híbrido del emprendimiento social no encaja en las estructuras que nos hemos dado. La mentalidad de muchos ha cambiado pero los esquemas en los que nos relacionamos no lo han hecho. Empezando por lo más básico, las empresas sociales carecen en España de una figura jurídica que refleje su naturaleza, como sí la hay en Reino Unido por ejemplo. Las que pueden financiarse con inversión privada no pueden trabajar con algunas organizaciones sociales por no tener forma de que se reconozca oficialmente el bien social que les impulsa. Aquellas que tienen la figura adecuada para presentarse a según que contratos no pueden presentarse a otros. Algunas optan por tener dos personas jurídicas, con la carga administrativa desproporcionada que eso genera para equipos de pocas personas que cada minuto que destinan a hacer un trámite lo deberían destinar a resolver el gran problema social que confrontan. Y ninguna obtiene en sus ingresos obtenidos por vía de mercado los beneficios fiscales que merecerían por las externalidades positivas que generan (versus las negativas de otras empresas que justifican parte de los impuestos que pagan). Igualmente, muchas grandes empresas no saben cómo trabajar con una empresa social. Les gustaría hacerlo pero no saben cómo relacionarse con este nuevo tipo de organización que no cabe en ninguna de sus cajas.

Podríamos decir lo mismo de inversores privados que se sentían cómodos separando sus inversiones financieras de su actividad filantrópica y, sintiéndose atraídos por esta forma más coherente de invertir, intentan saber qué hacer. Esta es en mi opinión la siguiente frontera para el emprendimiento social en España: diseñar junto con corporaciones, universidades, ONG y administraciones públicas un esquema de relación nuevo que sí se adapte a modelos de organización híbridos con fines sociales y en el que todos nos sintamos cómodos.